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Las cuentas globales de la Comunidad Internacional

13 mar 2012
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Las campañas electorales no perdonan; explotan y amplifican, no sólo todo lo aprovechable, sino también lo reprochable. Basta mirar a Sarkozy, que tras desplegar todo su poderío anti-inmigración ha subido en las encuestas. Al mismo tiempo, vuelven a la carga las acusaciones de que su última campaña contó con financiación de Gadafi. Extremo que el presidente galo niega rotundamente. Sin embargo, de confirmarse tal financiación, ¿sería Sarkozy peor que el resto de los mandatarios europeos que, por aquel entonces, eran amigos del dictador libio?

¿Qué diferencia hay entre esta financiación, legal por aquel entonces, y todos los contratos armamentísticos suscritos, por ejemplo, entre España y Libia? Se lo diré yo: ninguna. En ambos casos es igual de reprobable, porque quienes no vieran que por aquel entonces el régimem libio no era precisamente un reducto de respeto por los Derechos Humanos es que estaba ciego. Reprender ahora a Sarkozy sin hacer autocrítica por parte de todos quienes apoyaron a Gadafi en el pasado es hipócrita. ¿Justifica eso que Occidente haya vuelto a instrumentalizar una masacre como la guerra libia guiado por sus intereses particulares? Por supuesto que no, pero huyamos de mezclar churras con merinas.

El intervencionismo instrumentalizado por parte de la Comunidad Internacional es una sucesión de error tras error. Afganistán es otra buena prueba de ello y la reciente matanza del soldado estadounidense, la guinda del pastel. Clinton asegura que esa masacre no refleja lo que es EEUU, pero yo creo que sí, al menos, el desarrollo posterior de los acontecimientos: el soldado será juzgado bajo la justicia estadounidense -podría ser condenado a pena de muerte-, no afgana. ¿Por qué? Pues uno de esos grandes misterios. ¿Se imaginan que fuera a la inversa? Es sencillamente impensable.

Que EEUU sea quien juzgue al soldado no es más que el reflejo del fracaso de democratización que pretendía liderar Obama por la vía de las armas y, además, de una nueva imposición de su justicia, capaz de ejecutar sin juicio previo en otro país -vulnerando su soberanía-, a un terrorista como Bin Laden y negando la aplicación de la justicia a un país al que han asesinado a sangre fría a 16 civiles.

Esas son las cuentas reales de estas injerencias, y no las que suscriben en su artículo conjunto Cameron y Obama hoy en el Washington Post.

Una bomba en el turbante

21 sep 2011
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¿Recuerdan la caricatura de Kurt Westergaard que dio la vuelta al mundo? ¿Aquella en la que se representaba a Mahoma ocultando una bomba en el turbante? Pues ayer dejó de ser un dibujo y los trazos se trasladaron a la vida real en un atentado suicida que acabó con la vida del presidente del Consejo Superior de la Paz de Afganistán y principal negociador con los talibanes, Burhanuddin Rabbani. El que fuera ex presidente de Afganistán tenía previsto reunirse ayer mismo con representantes talibanes, a los que quería incluir en el proceso de paz.

Cuando tu interlocutor en las conversaciones termina por asesinarte es señal de que las negociaciones no están bien encaminadas. Se mire como se mire. Habrá quien señale únicamente a la rama de los Haqqani, a los que se atribuye el atentado, pero eso no hará sino evidenciar la dificultad de las conversaciones de paz que no han conseguido reunir en la mesa a todos los agentes involucrados. Negociaciones, en ese sentido, mal ejecutadas, aunque sea cuestionable si eso es reprochable o no, dado el reto colosal que supone.

¿Qué dibujo queda ahora de Afganistán? El de un país que no ha dejado de estar en guerra aunque las fuerzas de ocupación ya tengan fecha de caducidad. Fecha, por otro lado, que Obama y sus aliados se han impuesto más por motivos de coste político -económico y humano- que porque el trabajo se haya terminado. La situación en el país no es mucho mejor que hace unos años y los talibanes se encargaron de dejarlo claro en el mismo aniversario del 11-S. Las crudas crónicas del compañero Pampliega dan una idea muy clara de qué significa esta guerra para los talibanes.

En medio de ese país caótico, que ahora algunos ensalcen la figura de Rabbani sólo porque ha sido asesinado es injusto. Injusto para las víctimas de los ataques a Kabul que Rabbani lideró hace una década; injusto para las mujeres violadas por sus milicianos; injusto para la limpia étnica que llevó a cabo. Las malas acciones no se borran con las buenas -si es que las hubo-, ni siquiera por haber sido asesinado en un atentado.

En el fondo, Rabbani también ocultó sus bombas en el turbante. La diferencia respecto a su ejecutor es que él lo hizo a posteriori y no se inmoló.