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Los cuernos de África

22 jul 2011
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Ayer tuve ocasión de conocer a dos profesoras de Malaui. Han venido a Londres por primera vez en su vida para conocer el funcionamiento de las escuelas aquí. Lo han hecho a través de Landirani (significa “acepta mi ofrenda” en chichewa, lengua oficial de Malaui), una ONG inglesa que lleva años trabajando en el país africano. Resultó sobrecogedor escuchar a los dos mujeres, que rondaban la treintena y en su hogar no disfrutan ni de electricidad ni de agua corriente, decir casi con lágrimas en los ojos que “la vida aquí tiene que ser muy fácil” o, incluso, desear que “ojalá hubiera nacido aquí”.

Su visita a Londres ha coincidido con las revueltas sociales de su país contra el presidente Bingu wa Mutharika, que se han saldado -por ahora- con 18 muertos. Protestan contra el alza de precios y contra la corrupción. Y no es para menos, porque en un país donde el 60% de la población vive con menos de un dólar al día, Mutharika ha subido el IVA hasta un 16,5% en productos de primera necesidad, como el pan, la carne, la leche o el suministro de agua. Así, sólo el precio del pan anda entre los 80 centavos y un dólar.

La mala gestión y el régimen represor que ejerce el presidente se ha convertido en la primera causa para que países como Reino Unido, su colonizador hasta 1964, rompa relaciones diplomáticas con Malaui e, incluso, cierre el grifo a la ayuda humanitaria  durante los próximos 4 años (550 millones de dólares). Un duro golpe para el país africano, cuyos ingresos dependen de esta ayuda en un 40%.

La noticia coincide en el tiempo con el shock internacional que ha producido la situación de hambruna en el Cuerno de África. Una situación que no debería coger por sorpresa a nadie -como parece que coge- pues las ONGs que trabajan sobre el terreno llevan advirtiendo de ello desde hace mucho tiempo. El mismo que Landirani y otras ONGs llevan advirtiendo de lo que ahora estalla en Malaui. Pero como le sucede a Mutharika, que olvida su niñez educado en escuelas estatales y misioneras -de donde viene las profesoras que conocí- o su paso como director de UNECA (Comercio y Desarrollo Financiero de la Comisión Económica de Naciones Unidas para África), los países desarrollados nos olvidamos de África. O le somos infieles. Mientras le prometemos amor eterno y la agasajamos con el limpia-conciencias de la ayuda humanitaria, la dejamos a su suerte.

Africa tiene muchos cuernos. Los que le pone el resto del mundo.

El síndrome del petróleo

18 jul 2011
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En la década de los 60, Holanda descubrió sus grandes yacimientos de gas natural. Sus ingresos crecieron significativemente en muy poco tiempo, el florín se apreció extraordinariamente y, como consecuencia, todas las exportaciones no petroleras se vieron gravemente perjudicadas. Desde entonces, se ha bautizado como ‘síndrome holandés’ al mal que padecen todos los países en similares circunstancias. Uno de estos países es Guinea Ecuatorial, que en 1984 descubrió sus yacimientos petrolíferos, intensificando la explotación en 1996, cuando llegó la norteamericana Mobil. Hoy, Guinea Ecuatorial es el tercer mayor productor de petróleo del África Subsahariana, por detrás de Nigeria y Angola, con más de 400.000 barriles diarios.

El petróleo ha llevado al país a tener una de las rentas per cápita más altas del mundo -se llegó a hablar de casi 38.000 dólares-, pero con altos índices de pobreza y cerca de un 10% de la población viviendo con menos de dos dólares al día. Los datos económicos del país son poco fiables por el hermetismo del dictador, pero un informe del propio Gobierno de Obiang hablaba hace dos años de tasas de pobreza superiores al 75% de la población. Un informe del que ahora reniega Obiang, que en los últimos años siempre ha estado en el Top Ten de los mandatarios más ricos del mundo.

El dictador de Guinea Ecuatorial es el gobernante de África que más tiempo lleva en el poder -desde 1979-, sólo por detras de Gadafi. Las consecuencias directas de su llegada violenta al poder fueron la muerte de cerca de 80.000 personas y la huída del país de alrededor de un tercio de la población.

Con ese dibujo, no deberían sorprendernos noticias como su complejo de lujo de casi 600 millones de euros y la ostentación que hace de ella ante líderes internacionales intentando reflejar la riqueza que no traslada a su pueblo. Lo que sí debería sorprendernos es que la UNESCO aceptara sus 3 millones de dólares para crear el Premio Internacional Obiang Nguema Mbasogo de las Ciencias de la Vida. Precisamente esta organización que en su web se jacta de que su misión “consiste en contribuir a la consolidación de la paz, la erradicación de la pobreza, el desarrollo sostenible y el diálogo intercultural mediante la educación, las ciencias, la cultura, la comunicación y la información”.

Lo que nos debería, incluso, convulsionar, es que un personaje de este calado haya llegado a ser presidente de la Unión Africana (UA). ¿En qué estarían pensando los estados miembros de la UA, que cuando eligieron a Obiang ya había estallado la Primavera Árabe? Pues, probablemente, pensaban lo mismo que José Bono con sus declaraciones institucionales asegurando que “es mucho más lo que nos une que lo que nos separa de Guinea Ecuatorial” o las de nuestro ex ministro de Asuntos Exteriores y candidato malogrado a la presidencia de la FAO, Moratinos, al asegurar que la Guinea de Obiang era una “cartera de oportunidades”. Declaraciones sobre Obiang que, no lo olvidemos, llegó a tener abierta una querella en la Audiencia Nacional por hechos supuestamente constitutivos de crímenes internacionales. La causa fue inadmitida a trámite en diciembre de 1998, invocando el principio de inmunidad de los jefes de Estado en ejercicio. Similar amnistía inmunidad que ha pedido ahora Obiang desde la UA para Gadafi.

Igual que se hizo con el ‘síndrome holandés’, deberíamos acuñar un término para bautizar a es mal que aqueja a los país desarrollados y que les ciega ante la injusticia, ante la violación de los Derechos Humanos cuando flota en el ambiente el tufo del oro negro.

Las lágrimas de Juba

15 jul 2011
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Era el día de Año Nuevo de 1956 cuando Sudán consiguió la independencia del amo británico y, sólo unos meses después, estallaba la primera de sus guerras civiles, que se prolongaría hasta 1973. Una década después, estallaría la segunda y duraría nada menos que 23 años, hasta que en 2005 se firmara el Amplio Acuerdo de Paz (Comprehensive Peace Agreement, CPA). En el camino, más de 2,5 millones de muertos y migraciones masivas. Así que no es difícil imaginarse cómo debe sentirse hoy la población de Sudán del Sur, que ayer mismo ingresaba en la ONU como el miembro 193 -y el estado africano número 54-, tan sólo unos días después de conseguir su independencia el pasado 9 de julio.

El Gobierno de Juba tiene mucho trabajo por delante, comenzando por lograr una identidad nacional que hoy por hoy no existe, en medio de la lucha por la tierra de diferentes grupos étnicos como los Dinka y los Shilluk y una carencia de infraestructuras atroz que dificulta la imprescindible gestión del agua. La ONU estima que cerca del 40% de la población de Sudán del Sur necesitó ayuda humanitaria de alimentos en 2010. Y mientras, ¿qué sucede en el Norte? Básicamente, tiene que hacer frente a los mismo retos, con el agravante de que el conflicto de Darfur continúa sin solución,  a pesar de que ayer mismo se firmó un  acuerdo de paz con el grupo rebelde Movimiento de Liberación y Justicia.

En Sudán, incluso, es posible asistir al ancestral conflicto entre agricultores sendentarios y pastores nómadas. De hecho, los nómadas han determinado mucho más de lo que pudiera parecer el conflicto, pues en Abyei, la principal localización de los yacimientos de petróleo, se truncó el referéndum previsto por la polémica de introducir en el censo a la tribu nómada de los Misseriya. Y es que la lucha por el petróleo, cuyos yacimientos se encontraron en la década de los años 70, ha estado presente durante toda la segunda guerra civil. En el período de entreguerras, el país consiguió montar su estructura petrolera y, a finales de los 90, ya era exportador con promesas de encontrar nuevos yacimientos.

Este mismo mes expira el CPA, con lo que también lo hace el pacto de repartirse al 50%  los beneficios del petróleo. Los dos Estados se verán ahora abocados a llegar a un acuerdo, pues si el Sur se queda con las tres cuartas partes del yacimiento, el Norte posee las refinerías y la mayor parte del oleoducto. Es necesario, pues, alumbrar un nuevo marco de gestión de la extración y exportación del oro negro. El petróleo, en ambos casos, es clave para poder financiar la reinvención de los dos países.

Sudán y Sudán del Sur tienen una oportunidad única para ponerse de acuerdo, para alcanzar realmente la independencia de los países de Occidente, ser dueñas de sus recursos y controlar las inversiones extranjeras sin caer víctimas de ellas. Ojalá n0 la desaprovechen. Ojalá África nos dé una lección. Existe un viejo poema sudanés llamado ‘Las Lágrimas de Juba’ que describe el estado de devastación del país en guerra, con versos como “All my trees from branches to roots are gone, houses from roofs to foundations no more”. Ojalá esas lágrimas de Juba sean ahora de alegría.

El fútbol y las guerras

24 jun 2011
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Marcel Rasquin acaba de presentar su ópera prima, ‘Hermano’, una película que retrata la realidad venezolana a través de los ojos de un joven que quiere escapar de la pobreza a través del fútbol. Y es que este deporte, a pesar de su lado negativo, de sus presupuestos multimillonarios, de su indiscutible barniz de superficialidad, también ha servido para hacer grandes cosas en la historia. Basta echar un vistazo a África para darse cuenta de  ello. Antes de Nelson Mandela y el inolvidable partido de rugby de los Springboks podemos encontrar otros hitos marcados por el balompié.

Reino Unido, como inventor del deporte, fue quien lo introdujo en el continente africano sin ser consciente de que algún día se volvería en su contra en sus propias colonias: Kwame Nkrumah, el primer presidente de Ghana apostó por el fútbol como vehículo de cohesión social, implicándose activamente con el equipo nacional, los Black Stars; o Benjamin Nnamdi Azikiwe, primer presidente de Nigeria, conocido como Zic, llegó a fundar el Zic’s Athletic Club (ZAC) que se convirtió en una plataforma anticolonial.

Ha llovido mucho desde que apareciera la primera organización formal de fútbol en 1879 -exclusivamente de blancos-, el Pietermaritzburg County Football Club. En el camino, figuras como Albert Luthuli, el que fuera presidente del Congreso Nacional Africano desde 1952, han sido claves. Luthuli, tras su experiencia previa como vicepresidente de la Asociación Nacional de Fútbol de Durban, encontró en este deporte un modo de integrar a los estratos sociales más cultos con los más analfabetos. Incluso cuando fue encumbrado como uno de los líderes contra el apartheid, simultaneó sus responsabilidades al frente del movimiento de liberación con la presidencia del Consejo de Fútbol Interracial. Míticos fueron también los 91 partidos que llegó a jugar entre 1958 y 1962 el ‘equipo sin país’ del Frente Nacional de Liberación de Argelia (FLN), con su estrella Rachid Mekloufi al frente, que llegó a renunciar a la selección francesa cerrándose las puertas del Mundial de Suecia 1958.

En el Mundial de Sudáfrica de 2010, de las 32 selecciones participantes, 6 eran africanas. En ese campeonato, el movimiento Football for Hope (Fútbol para la Esperanza) se volcó con la creación de 20 centros de salud pública y educación con el fútbol como hilo conductor, promoviendo el fomento de la paz y de los derechos de los niños, así como la lucha contra la discriminación. La experiencia se replicará en Brasil 2014.

En la actualidad, África está plagada de proyectos ligados al fútbol. UNICEF y ACNUR también se valen de este deporte para impulsar el desarme, la desmoviliziación de grupos armados, la rehabilitación e integración de ex combatientes y la pacificación en las zonas de conflicto, como Ruanda, Liberia, Sierra Leona o Sudán. En Camerún, el programa Women in the Field (Mujeres en el Campo) promociona la integración intercultural e integeneracional de la mujer rural a través del fútbol; en Zimbawe, el programa Grassroot Soccer lucha desde 2002 contra el SIDA con tanto éxito que se ha extendido a Bostwana, Sudáfrica, Zambia o Namibia. Y eso sí que es un buen gol.