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El teatrillo de la ONU

05 oct 2011
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Una de las máximas de las teorías neorrealistas de las Relaciones  Internacionales -de la que se deriva, precisamente, el nombre de este blog- es que el mundo está determinado por la anarquía del sistema. Suena contradictorio, pero es así: no existe ningún orden global que marque los designios de las Relaciones Internacionales. Son los países, movidos por sus ansias de poder para asegurarse la supervivencia, los que marcan el devenir mundial. En cosencuencia y según las circunstancias, lo que hoy es blanco, mañana será negro, sin atender a criterios de justicia u honestidad, sino a meros intereses particulares. En cosencuencia, de nuevo, la utilidad real de las instituciones mundiales es más que cuestionable, porque en el fondo, no son más que otro teatrillo en el que las marionetas de cada país barren para casa en lugar de pensar en el interés común.

Y eso nos lleva a la ONU y, más recientemente, a cómo Rusia y China han vetado en el Consejo de Seguridad que la ONU intervenga en Siria. La Unión Europea (UE) y EEUU han puesto el grito en el cielo, pero no es muy diferente de lo que ellos han podido hacer en otras ocasiones. Sorprende escuchar al embajador francés en la ONU, Gerard Araud, calificar al veto de “rechazo al extraordinario movimiento en favor de la libertad y la democracia que es la Primavera Árabe”, cuando su país ha sido el único que ha puesto freno con su veto para que la MINURSO, la misión de paz de la ONU en el Sáhara Occidental, vele por el respeto de los Derechos Humanos en la región. Precisamente estos días en los que Javier Bardem, uno de las grandes defensores de la causa saharaui, da la cara por este pueblo ante la Comisión de Descolonización de las Naciones Unidas. Vaya por delante el agradecimiento, a sabiendas de que no servirá de nada desde el punto de vista político, aunque no por ello hay que desfallecer en denunciar las injusticias porque cuando el triunfa la resignación ante los poderes mercenarios, ya no queda esperanza.

Pero la ONU no sirve, no tiene poder y hace años que adolece de la necesidad de una reforma interna colosal, comenzando por sus corruptelas. Si uno lee al colega Frattini en “ONU, la historia de la corrupción”, se escandaliza hasta límites insospechados, descubriendo cómo peces gordos como Boutros-Ghali llegó a nombrar a 24 vicesecretarios generales -algunos de ellos ni siquiera pisaron una sola vez la sede de Nueva York-, a pesar de que sólo tiene derecho a nombrar a nueve. Por citar un ejemplo. Pero es que no hace falta irse tan lejos para comprobar que cualquier que tenga un mínimo de decencia se ve obligado a dimitir cuando le toca trabajo de campo. A la mente me viene Bastagli, el que fuera representante especial de la ONU para el Sáhara Occidental (2005-2006), que dimitió ante la inoperancia de la MINURSO en la oleada de violencia en El Aaiún por parte de Marruecos en diciembre de 2005. Esa es la diferencia entre un Bastagli honesto y un Edmond Mulet, jefe de la MINUSTAH (Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití), que regresó en mayo de este año a su cómodo sillón de la subsecretaría de Operaciones de Mantenimiento de Paz, en plena crisis por los brotes de cólera, asegurando que estaba “muy contento y satisfecho del trabajo realizado” y calificando a Haití como “uno de los países más seguros de la región”.

No se dejen dar lecciones por quienes no predican con el ejemplo. Esto es aplicable para su comunidad de vecinos, para el Gobierno de su país y para el supuesto orden mundial. Son los poderosos quienes mandan, siempre barriendo para casa y sacrificando cuanto sea necesario para ello. O arrimando el ascua a su sardina. Pero, ¿qué pasa si el ascua se apaga, como de hecho se está apagando? Quizás, y no sin muchos sacrificios, sea lo único que saquemos en limpio de esta puñetera crisis.

El miedo a los Derechos Humanos

24 ago 2011
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El Consejo de Derechos Humanos (DDHH) de las Naciones Unidas aprobó ayer la apertura de una investigación para averiguar si el régimen de Al Asad está cometiendo crímenes contra la humanidad, como de hecho vienen denunciando numerosas organizaciones desde hace tiempo. El régimen de Damasco protestó, indicando que la ONU podrá investigar lo que quiera sólo cuando se hayan realizado las reformas debidas o, dicho de otro modo, cuando se hayan borrado las pruebas de los crímenes que presuntamente ya se están cometiendo.

La decisión del Consejo contó con la oposición de Rusia, China, Cuba y Ecuador y las abstenciones de Bangladesh, Camerún, Yibuti, India, Malasia, Mauritania, Filipinas y Uganda. ¿Y Venezuela, se preguntaran algunos? Pues vistos los votos en contra, todo indica que de haber pertenecido al Consejo de DDHH también habría optado por el NO. Pero no pertenece. ¿El motivo del NO? Sólo ellos lo saben, porque una cosa es estar en contra de la injerencia militar extranjera y otra no ser transparente. La investigación de la ONU no implica nada más que ofrecer al mundo una radiografía de lo que realmente sucede en Siria y si Al Asad no tiene nada que ocultar, ¿por qué negarse?  Siendo prácticos, incluso si lo tiene, ¿qué más le da quedar en evidencia ante la ONU? Israel es, de lejos, el país que más veces ha estado en el punto de mira del Consejo de DDHH, habiendo sido condenado más de una docena de veces y, a la luz de los hechos, no ha servido de gran cosa, la verdad. Sigue haciendo gala de su poderío político y económico y son muchos quienes le rinden pleitesía.

Por otro lado, la postura de Chávez respecto a la guerra de Libia cada día se radicaliza más. De nuevo, una cosa es estar en contra de la intervención de la OTAN y sus bombardeos y otra muy distinta defender a capa y espada a Gadafi, su amigo. Entre ambos extremos hay una escala de grises que el mandatario venezolano parece obviar, avalando incondicionalmente el régimen del dictador más antiguo de África. Por eso mismo, las posibilidades de que Venezuela hubiera votado a favor de la investigación en Siria parece remota.

El país bolivariano -que acaba de recibir una llamada de atención por parte del prestigioso International Crisis Group, que destaca cómo cada media hora es asesinada una persona en Venezuela-, tiene en su historial de DDHH más de un borrón. Venezuela no ha firmado ni ha ratificado, por ejemplo, la Convención de Derechos de Personas con Discapacidad o el Protocolo para el Pacto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. ¿Significa esto que el régimen chavista no ha introducido mejoras en el país? En absoluto, claro que lo ha hecho, más aún considerando que heredaba un país en condiciones penosas, pero la continua erosión de su sistema de justicia y de las fuerzas de seguridad, así como la creciente corrupción, no han favorecido a la imagen del Gobierno.

Y su apoyo incondicional a Gadafi tampoco mejora su imagen. ¿Pero para quién no la mejora? ¿Para Occidente? Desde luego, ese ente del que tanto reniega Chávez, pero también para ‘sus socios naturales’ (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), que si bien no han visto con buenos ojos la intervención de la OTAN, tampoco han lanzando un apoyo sin paliativos a Gadafi, como Chávez.