Necesitamos tontos

No es cierto que con las nuevas restricciones sobre la ley del aborto el PP quiera asegurarse un amplio caladero de futuros votantes. Aunque los ejemplos abunden, la subnormalidad, la idiocia, la oligofrenia y otros defectos congénitos no son exclusivos de la derecha. Si durante los últimos ocho años el gobierno de este país parecía una adaptación libre de Forrest Gump, ahora parece el elenco de Alguien voló sobre el nido del cuco. Por eso, nada de abortar tontitos, señora. Necesitamos subnormales; cuantos más subnormales seamos, mejor votaremos. Nuevas remesas de bobos son imprescindibles para que siga celebrándose cada cuatro años ese emocionante campeonato de ping-pong estadístico llamado democracia.

Preguntémoslo, aunque la respuesta nos asuste: ¿dónde estaría este país sin sus imbéciles? Una eugenesia radical, tal como la preconizaban los nazis, hubiera dejado tiritando los escaños del Congreso, por no hablar de los cuadros de los partidos políticos. Si los gobernantes tuvieran que superar un test de inteligencia (una prueba normalita, de ésas que pedían en la mili, o de las que exigen para un puesto de reponedor en el Pryca) habría que colgar un anuncio en los periódicos a la hora de reclutar ministros.

Además, sucede que aquí nos pensamos que un derecho es una obligación y viceversa. Recuerdo, allá por los ochenta, a una pareja de ancianitos a quienes preguntaron qué opinaban ellos de la recién estrenada ley del divorcio. El viejecillo miró a la cámara, entre desamparado y aterrado, y preguntó: “¿Pero por qué tenemos que divorciarnos ahora, si llevamos cincuenta años juntos y seguimos tan felices?” Por la misma regla de tres, más de uno pensó, cuando se aprobó la ley del matrimonio homosexual, que tendría que buscarse un buen mozo antes de que lo metieran preso. Más de uno todavía lo anda buscando.

Detrás de esta contrarreforma del aborto anda Gallardón, que es un señor que ha intentado abortar Madrid durante varias legislaturas y que prácticamente lo ha conseguido. Hoy Madrid, gracias a Gallardón, es un aborto retrospectivo, una ciudad discapacitada, cojitranca, idiota perdida; una urbe agilipollada a fuerza de despropósitos, de socavones interminables y de pretensiones olímpicas. A la estatua de Colón, por ejemplo, la cambiaron de sitio sólo por decapitar una plaza, implantar una glorieta donde no hacía falta, dificultar todo el tráfico de la zona y llevarse, de paso, un buen pellizco del presupuesto municipal. Ahora que la capital se le ha quedado pequeña porque ya casi no quedan calles donde pueda hacer más daño, han decidido hacerlo ministro de Justicia por el mismo principio por el que un tifón asciende a huracán con nombre y apellidos.

Gallardón ha caído sobre la ley del aborto igual que un picapedrero sobre una acera indefensa, haciendo feliz a toda esa gente de bien que antes, como Dios manda, tenía que llevar a la niña de vacaciones a una clínica de Londres.