Es todo legal

A mí, que me crié entre Simancas y San Blas, dos barrios chungos de Madrid en los años setenta, no me suenan nada originales las explicaciones del PP sobre sus sobres, sus sueldos, sus sueldos en sobres y sus sobresueldos. Más bien me suenan viejas, muy viejas. A Juan Carlos Escudier, que también ejerció la juventud por esos mismos lugares y fechas, también le sonarán la música y la letra. “Es todo legal” es la canción de moda en Génova y en los mejores juzgados. Es el mismo rollo que te soltaban algunos navajeros justo después de atracarte, de revisarte la cartera o de quitarte el peluco: “Pero te he entrao bien, colega, ¿no? ¿Te he entrao bien o no? He sido legal, que conste”.

Se refería el chorizo de turno al detalle que había tenido contigo al no esgrimir la cheira y plantarle un chirlo en la mejilla, por ejemplo. Coño, con las historias que corrían por el barrio sobre navajazos en el hígado y pezones arrancados con tenazas, casi daban ganas de abrazar al maromo allí mismo e invitarlo a unas cañas. Al fin y al cabo, sabías que aquel pobre imbécil estaba a sólo dos pasos de la cárcel, a tres de la sobredosis y a cuatro del cementerio.

Sorprende que últimamente esta nueva ola de neocalorrismo haya calado hondo no entre el lumpen y la periferia, sino entre la gente bien, los niños de papá, los alumnos de colegio de pago, los aristócratas, los consejeros aúlicos, ex tesoreros y ministros. “Es todo legal” suena en todas partes, en bodas y putiferios, desde Valencia a Galicia, desde Mallorca a Madrid, desde Santurce a Bilbao; brilla igualmente en la gomina de los banqueros, en las puntas de ciertos mostachos, en los lomos dorados y churreteados de crema solar. Es todo legal.

Sin embargo, la legalidad del chorizo pata negra era más auténtica, más legal, no sé si me explico. El pobre atracador lo decía con un tono nasal, entre pico y pico, como si quisiera que, después de robarte, lo compadecieras, que lo comprendieras a él y a su circunstancia. “He sido legal” quería decir, según el caso, “no he tenido más remedio”, “el destino me empujó” o “la vida me ha hecho así”. Pero con la perspectiva carcelaria la frase cobraba un insólito tono jurídico: era legal, en efecto, y pronto además sería penal. En cambio ahora canturrean impunemente la misma cantinela señoras con pendientes de nácar, con coche oficial, señores con corbata, con sedes políticas, con dinero, con cuentas corrientes y no tan corrientes, con diplomas de abogado enmarcados en despachos de lujo. La misma excusa, la misma letra, la misma música, la misma desvergüenza que aquellos desgraciados tirando de navaja y sonándose los mocos. Es todo legal, dicen, como si los sobres fuesen certificados. Va a ser verdad eso de que todos somos iguales, aunque ante la ley no.