‘Hooligans’ de la guerra

Al igual que sucedió en la guerra de Irak, de repente han surgido en los periódicos y las tertulias, como setas venenosas, un montón de expertos bélicos, audaces reporteros de salón, mamporreros del dios Marte que van a corear el lanzamiento de cada misil igual que cheerleaders ansiosas en un concurso de falos. Casi todos son, por supuesto, machotes por delegación, matones de papel, gente que nunca ha ido a una guerra, que no se imagina en una guerra, que nunca va a ir a una guerra, que ni siquiera ha hecho la mili y que, la verdad, no tiene ni media hostia.

Nada en la tragedia siria es nuevo aunque no por ello deja de ser repugnante. He escrito lo suficiente sobre Assad y su régimen de terror como para dejar claro que el asco que me produce un homicida en masa como el presidente sirio es sólo comparable al que me producen ciertos premios Nobel de la Paz pintados de negro, los guardianes del orden mundial y los eternos alabarderos de la masacre. Quienes, de golpe, se han dado cuenta de que está muy feo matar con armas químicas a niños indefensos, como si fuese humano y decente aniquilarlos a tiros, a bombazos y a mazazos, con la impudicia con que lo lleva haciendo Assad desde hace años. La ONU siempre ha sido una mierda colosal con forma de paralepípedo y tres siglas falsas pero pocas veces se habrá comprobado tan rápidamente su inutilidad esencial, su hipocresía y su sevicia como estos últimos días. Oír discutir a sus cómites de expertos (los mismos que aconsejaban la dieta de insectos para paliar el hambre infantil en África) es tan patético como oír a miss Florida y miss Alabama pidiendo por la paz mundial en un certamen de belleza. La misma semana que se celebra el aniversario del discurso de Martin Luther King en la marcha por los derechos civiles (una de las mayores piezas oratorias del siglo XX) Obama ha quedado a la altura de Paris Hilton. Tal vez un poco por debajo, porque Paris Hilton al menos tiene la excusa de ser tonta de bote. Sólo un tonto de bote podía esperar algo más de ese triste Tío Tom que ejerce de negrero en Guantánamo.

Derrocar a Assad es una cosa y matar civiles indefensos es otra. Declarar una guerra es una cosa y lanzar una lluvia de misiles es otra. Nos dirán que son armas inteligentes pero ninguna tan lista como para explotar en las narices del hijoputa que la dispara y del hijo de la gran puta que lo aplaude. Después de diez años, hasta Paris Hilton es capaz de ver lo que hicieron las armas inteligentes en Irak y los efectos de la pax americana sobre un país devastado, sin orden y sin ley, presa de luchas intestinas y mucho más sangriento e inseguro que antes de la intervención militar. A todos los valientes que jalean el sí a la guerra, les está faltando tiempo para agarrar un fusil y marchar de voluntarios a liberar Siria. Y si se les ha pasado la edad, que envíen a sus hijos, que seguro que están bañándose tranquilamente en la piscina y zampando bollos a dos manos. Mientras no lo hagan, yo seguiré pensando que no son más que una piara de cobardes indecentes, calientapollas para marines y ardientes hooligans de la guerra, siempre que la guerra pille a cinco mil kilómetros de casa.