Alma de perro

La semana pasada Air Berlin escribió otra brillante línea en la historia del periodismo. Si, según todos los manuales del oficio, la definición de noticia consiste en encontrar a un hombre mordiendo a un perro, Air Berlin subió todas las apuestas al dejar morir a un perrillo de sed y luego ofrecerle al dueño un bono de cien euros de descuento en el próximo viaje. Como si en vez de matarle al perro le hubiesen perdido una maleta. Como si le dijeran: viaje con nosotros la próxima vez y traigase otro chucho, si se atreve. Una experiencia que no olvidará en la vida.

Francisco Javier pagó 74 euros para que le llevaran a Nano, su bull-dog inglés, de Sevilla a Palma. Le advirtió al operario del aeropuerto que hacía mucho calor pero el hombre se negó a colocar un poco de agua en el transportín del animal, no fuese a derramarse un poco y dejarle perdidas la pista de aterrizaje y la bodega. Seguro que este fanático de las normas no sólo conservará su empleo sino que encima le felicitarán por salvar los muebles del aeropuerto y ahorrar así un dineral en fregonas. Raro será que, con semejante currículum a sus espaldas, no acabe de presidente de una compañía aérea. Air Berlin, por ejemplo, le va que ni pintada. Si es capaz de hacer eso con un perro, qué no hará con un sindicato.

Desde su asiento, Francisco Javier vio cómo Nano, metido en una urna de cristal, se iba cociendo lentamente al sol. Para cuando llegó al aeropuerto de Palma ya era sólo un cadáver deshidratado que los operarios le entregaron a Francisco Javier después de que los demás pasajeros recogieran sus equipajes. También le ofrecieron cien euros en bonos de viaje como compensación por el mal rato, cien euros por la sed, el horror, el desamparo y la agonía de un pequeño animal encajonado. Para Air Berlin, la diferencia entre una mascota viva y otra muerta consiste en 26 euros. El precio de un par de libros, de un menú de aeropuerto, de una corbata a rayas. 26 euros. Eso vale el alma de un perro. Cuando Francisco Javier escogió volar a bajo coste, no sabía que iba a volar tan bajo.

Ahora ha demandado a la compañía una indemnización de 2.635 euros, lo que, la verdad, también nos parece muy poco dinero por el alma de Nano. Yo creo que si se pretende que estos carniceros aprendan la lección, tendrían que pagarlo muy caro. Yo me buscaría un abogado al estilo del Saul de Breaking Bad y pediría cien mil euros por negligencia, tortura y daños físicos y morales. Aunque va a ser difícil que un juez lo tome en serio en un país donde se mata y se martiriza animales por capricho y en un mundo donde las compañías aéreas hacen lo que les da la gana, desde vender dos veces el mismo asiento hasta tener al pasaje esperando cinco o seis horas. Air Berlin se llama: recuérdenlo bien, por si tienen que viajar en el futuro. Air Berlin. Aunque debería llamarse Air Treblinka.