La odisea polar de Shackleton

El hallazgo en cabo Evans de unas placas fotográficas congeladas desde hace un siglo rememora una de las mayores gestas de supervivencia de la era contemporánea: la de la Expedición Imperial Transantártica de 1914 dirigida por sir Ernest Shackleton. Muchos son los homenajes que este año celebrarán el centenario de la primera gran carnicería a escala planetaria, pero pocos tendrán un momento para el recuerdo de Shackleton y sus hombres, la antítesis perfecta de la guerra de trincheras, probablemente la lucha más hermosa, noble y limpia que el hombre haya entablado jamás contra las fuerzas de la naturaleza.

Todo comenzó con un anuncio que Shackleton publicó en la prensa, que muestra la pasta de la que estaba hecha la gente de hace un siglo y que todavía hoy pone los pelos de punta: “Se necesitan hombres para viaje arriesgado. Poco sueldo, mucho frío, largos meses en total oscuridad. Peligro constante, sin garantía de regreso. En caso de éxito, reconocimiento y gloria”. Más de cinco mil voluntarios respondieron a la llamada, de los cuales Shackleton seleccionó personalmente a ventiseis, a los cuales posteriormente se unió un polizón. El Endurance partió en el verano de 1914, poco antes de iniciarse la contienda, y cuando atravesaba el mar de Wedell, quedó encallado en la banquisa apenas a una jornada de navegación del lugar previsto para el desembarco en el continente. Jamás llegó a tocar tierra.

Allí, atrapados en una telaraña de hielo, a miles de kilómetros de cualquier ruta conocida, y mientras el mundo civilizado estallaba en pedazos, comenzó la larga odisea antártica. Muy pronto Shackleton comprendió que no podían recibir ayuda del exterior y que tampoco lograrían liberar la nave. Consciente de las tragedias y catástrofes que jalonan la historia de las exploraciones polares, no permitió en ningún momento que decayera la moral y echó mano de todos los recursos a su alcance para mantener el ánimo de la tripulación, desde improvisadas obras de teatro a partidos de fútbol sobre el hielo. Cuando, meses después, dio la orden de abandonar el barco, ordenó conservar únicamente lo imprescindible: lanchas, tiendas de campaña, perros y provisiones. El Jefe (el sobrenombre que le pusieron sus hombres y que él consideraba aun por encima del título de sir, conseguido años antes al alcanzar el polo sur magnético) fue el primero en dar ejemplo arrojando a la nieve dos guineas de oro y su biblia personal, de la que guardó únicamente una hoja, un fragmento del Libro de Job (“¿De qué vientre sale el hielo? ¿Y la escarcha del cielo, quien la da a luz?”) donde parecía trazado el destino de todos.

Pero Shackleton, aparte de tozudo, tenía la manía de la supervivencia. No iba a repetir la historia del capitán Scott, congelado junto a varios de sus hombres al regreso del polo sur. Años atrás, al regreso de una expedición en la que había tenido el coraje de dar media vuelta cuando se encontraba a menos de cien kilómetros de su objetivo, Shackleton escribió a su mujer: “He pensado que preferirías un burro vivo a un león muerto”. Es curioso que los mismos expertos en liderazgo que lo ponen hoy día como ejemplo, pasen por alto que fracasó en todas las empresas de exploración y en todos los negocios que llevó a cabo, y que su gran logro, casi su único logro, es que, después de tres años de terribles padecimientos, logró regresar a Inglaterra sin perder un solo hombre.

Sin duda alguna ésa es la gran lección de Shackleton, el empeño que puso en sacar a todos vivos de aquel laberinto helado sin más bajas que los perros de trineo que habían llevado consigo y los cachorros que nacieron durante el viaje. En abril de 1916, después de incontables caminatas sobre bloques de hielo y un arriesgado cabotaje entre témpanos que amenazaban con hundir las lanchas, arribaron a Isla Elefante, un escollo perdido de donde no había más salida que el mar. Shackleton entonces confió su suerte a Worsley, el capitán del Endurance, quien partió en una ballenera de apenas siete metros de eslora junto a cinco hombres, dispuesto a cruzar mil quinientos kilómetros por el océano más tormentoso del mundo rumbo a las Georgias del Sur. Worsley consiguió una hazaña naútica sin parangón en la historia naval, embocando la ruta sin otra ayuda que su instinto marinero y un par de mediciones con el sextante, cuando una desviación de un solo grado hubiera supuesto el desastre.

Allí dio comienzo el penúltimo capítulo de la odisea: habían desembarcado en una orilla desconocida y ahora tenían que cruzar de lado a lado hasta la base ballenera de Stromnes atravesando una cordillera virgen. Unos días después Shackleton y dos compañeros  tocaron a la puerta de una de las cabañas como una aparición del otro mundo. De inmediato rescataron al maltrecho trío que esperaba al otro lado de la isla, pero invirtieron seis meses y tres tentativas de rescate en alcanzar otra vez Isla Elefante. Por suerte, había confiado el grueso del grupo a manos de su lugarteniente, Frank Wild, un hombre que mantuvo la disciplina y el ánimo a punto, como si fuese el propio Jefe. A bordo del Yelcho, un remolcador chileno, Shackleton vio aparecer la peculiar silueta del islote y contó ansiosamente las figuras que agitaban los brazos desde la orilla. Se echó a llorar cuando vio que no faltaba ninguno. Lo había conseguido: no el polo sur, ni la travesía transantártica, sino sacarlos con vida a todos de aquel infierno blanco.

Por desgracia, la Gran Guerra continuaba y muchas de las vidas que Shackleton había cuidado con tanto esmero en su aventura polar se perdieron en los campos de batalla de Europa. “Todos tenemos nuestro Sur blanco” dejó escrito en su gran libro, South, publicado unos años después de la gran epopeya. En 1922, tras varias empresas donde no le acompañó la suerte, se organizó un viaje conmemorativo a las Georgias del Sur donde viajaron Shackleton, Wild y otros supervivientes. Como en pago de una antigua deuda, un infarto fulminó al Jefe poco después del desembarco y su viuda decidió que lo enterraran allí, en el cementerio de Gritvyken, en una tumba adornada con un verso de Browning en donde hoy, de vez en cuando, los pingüinos montan guardia. Raymond Prestley, un geólogo que trabajó con los tres grandes exploradores polares, resumió así las virtudes de cada uno: “Como jefe de una expedición científica, elegiría a Scott; para un raid polar rápido y eficaz, a Amundsen; pero en medio de la adversidad, cuando no ves salida, ponte de rodillas y reza para que te envíen a Shackleton”.