Periodismo funerario

En lugar de informar sobre la mayor marcha de protesta que se recuerda en la capital (con el peligro adicional de que alguno leyera una pancarta) la prensa en bloque decidió acampar este fin de semana frente al hospital donde se apagaba la vida de Adolfo Suárez para acompañarlo en su agonía en plan funeral vikingo. Consiguieron entrevistar a todo el mundo, incluido el ginecólogo de guardia. El periodismo español, en sintonía con el alzheimer del primer presidente de la democracia, hace mucho tiempo que olvidó su orgullo, su sentido y su oficio. Pobres periodistas, ya ni siquiera recuerdan que las noticias se buscan en la calle, no los vayan a confundir con otra cosa.

La ansiedad por la primicia del óbito proporcionó escenas dantescas. “Parece que las constantes vitales se mantienen”. “No nos diga eso, doctor, que no nos queda cambio para el parquímetro”. No se veía nada igual desde que la bandada aquella de cuervos salió al parque infantil a esperar a Tippi Hedren. Más de un reportero se planteó intentar escribir la crónica en futuro imperfecto.

Al final Adolfo Suárez se murió con cuarenta y ocho horas de retraso. Todas las televisiones, radios y periódicos se habían hinchado a cascar las glorias del difunto con tanto entusiasmo que, si no se llega a morir, habrían tenido que ir y rematarlo. Repitieron tantas veces las mismas imágenes de la transición que por poco Arias Navarro se equivoca y en una de las moviolas suelta: “Españoles, Franco ha resucitado”. Lo cual, tal y como está la cosa, tampoco sería tan descabellado.

Una vez un periodista se presentó en la casa de George Bernard Shaw con la portada recién calentita anunciando a toda mayúscula la muerte del dramaturgo. Le abrió el propio Shaw, ya muy anciano pero todavía en pie, que echó un vistazo al periódico y dijo: “Me parece una noticia prematura y exagerada”. Hoy en día todos los diarios tienen una sección a la que llaman, dependiendo del humor de los redactores, la Nevera o la Morgue, en donde van almacenando con cierta previsión los obituarios de personajes públicos más o menos octogenarios, de ésos que ya han pasado el tiempo de descuento e incluso la prórroga y se encuentran en plena tanda de penaltis. En España, Fraga y Carrillo tenían los obituarios precocinados desde tanto tiempo atrás que llegó a darse el caso de que sobrevivieron a varios de sus enterradores.

Un día, como sabían que me había concedido una de sus últimas entrevistas, me llamaron para que escribiese el de Stanislaw Lem y pregunté alarmado: “¿Pero está muerto o está muy enfermo?” “No, nada de eso, pero es para ir adelantando trabajo”. Me negué porque me daba mal fario ejercer de buitre con un escritor tan enorme y al que amaba tanto, pero me convencieron de que la muerte recula cuando se prepara el sepelio de antemano. Debían de tener razón, porque Lem disfrutó de dos años más de vida.

El periodismo fúnebre es un género muy agradecido, ya que el cliente no suele quejarse, a menos que el sepulturero sea Sostres, quien aprovecha para gritar al paso del muerto las cosas que no se atrevió a decirle en vida, igual que esos moros miedicas que saldan las cuentas con Bush pegándole una paliza a un monigote. La prensa nacional le fue calentando el ataúd a Suárez con mucho cuidado, que por algo ya se habían olido la tostada y sabían que estaban cavando su propia tumba. Es una de las últimas exclusivas que van a dar antes de certificar su propia defunción y reencarnarse en el Nodo, el Marca o El Alcázar.