Lágrimas por una muerte anunciada

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, habíamos de recordar aquella tarde remota en que Gabriel García Márquez nos llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava alzada en el primer párrafo de un libro que ya no podríamos olvidar nunca. Desde Dickens, desde el Quijote, nadie había vuelto a escribir una novela que empezase como el germen mismo del mundo, con una potencia torrencial, seminal y bíblica, como si nada hubiese sido escrito antes y ya nada fuese a escribirse después, empedrado en una prosa donde cada palabra es una piedra, un océano, una planta, un pez viviente, un conjuro, un rostro y una estrella.

García Márquez ha muerto en jueves santo, igual que cualquiera de sus personajes desaforados, listo para resucitar al tercer día, cada vez que alguien abra uno de sus grandes libros y el ensalmo del lenguaje ponga en marcha otra vez el milagro. En el principio, como dijo San Juan, era el verbo, la palabra increíble, las fábulas que su abuela le contó de pequeño y que él fue atesorando en su interior hasta que aprendió a manejar el tiempo misterioso y genital de la novela con la pericia de un relojero loco. Una vez explicó que había intentado escribir Cien años de soledad varias veces, pero que no entendió cómo podría darle aliento a Macondo hasta recordar el tono humilde y tranquilo de la voz de su abuela, un eco caribeño de Scheherezade. Aun así, llevaba escritas más de cien páginas cuando cayó en sus manos El siglo de las luces y el barroco espléndido de Alejo Carpentier lo fascinó hasta tal punto que tiró todo lo escrito a la papelera y empezó otra vez de cero.

En sus años de periodista, que fueron muchos y fructíferos, aprendió la obsesión por el detalle, las minuciosas jerarquías, la fidelidad al propio oído, todos los trucos de la chistera de narrador a los que él juntó una interminable capacidad de asombro. Más tarde o más pronto llegaron las supersticiones de escritor: la rosa amarilla que lo acompañaba a todas partes, los quinientos folios en blanco que contaba y recontaba antes de ponerse a la tarea, la respiración gigantesca del mar que necesitaba sentir al otro lado de la ventana. Decía que lo importante del realismo mágico no era la magia, sino la realidad, que la reverencia y la sorpresa son la forma natural de contemplar el mundo porque todas las cosas que están en la realidad (“desde las cucharas hasta los transplantes de corazón”) han estado antes en la imaginación. Por eso, al contrario que la legión de sus imitadores, no inventaba casi nada sino que permanecía atento, los ojos y los oídos bien abiertos, como cuando contaba aquella historia de un circo en un lugar perdido de la Patagonia al que un huracán se llevó entero por los aires, con carpa y todo, y al día siguiente los pescadores sacaban elefantes y tigres ahogados en sus redes.

Cuando le dieron el Nobel de Literatura, en 1982, advirtió a la Academia Sueca que no iría a recoger el premio con el frac negro tradicional, sino con una deslumbrante guayabera blanca que, según él, era el traje nacional colombiano. El frac no sólo le parecía un augurio de cuervos sino una afrenta clasista a los pobres del mundo a los que él había prestado voz en sus libros. En su discurso del Nobel, tan bello como cualquiera de sus relatos, dijo entre otras cosas que no olvidaba jamás, ni siquiera a la lumbre de un honor tan alto, que él sólo era uno de los once hijos del telegrafista de Aracataca y que escribía únicamente para que las familias condenadas a cien años de soledad tuvieran una segunda oportunidad sobre la tierra.

Decir que era el mayor novelista de nuestra época es una obviedad más que un elogio. Juan Benet escribió que, mientras estaba leyendo Cien años de soledad, colgó un cartel en la puerta de su despacho que advertía: “No molesten. Estoy en Macondo”. Norman Mailer dijo que no le cabía en la cabeza cómo en sólo dos páginas podía desarrollarse toda la genealogía de una familia con sus idas y venidas, sus nombres, sus vidas y sus muertes: “En dos páginas yo sólo puedo sacar una barca del Nilo”. Ningún narrador contemporáneo era capaz de manejar como él las dimensiones mitológicas de una saga con tal claridad shakespereana y tal brío homérico. Técnicamente, Macondo provenía de Faulkner, ese otro gran afluente americano que le enseñó que un territorio inventado no sólo es el marco de la ficción sino su propio objeto. Pero cuando era joven se había pasado una noche entera despierto después de leer La metamorfosis de Kafka, un escritor con el que guarda cierto aire de familia, y aquel amanecer en blanco sólo le volvió a sorprender una vez más con la lectura de Pedro Páramo de Juan Rulfo.

Me recuerdo a los quince años leyendo Cien años de soledad, el difunto Melquíades señalando Macondo con un punto negro en los abigarrados mapas de la muerte, y Remedios la Bella ascendiendo al cielo en cuerpo y alma, y la sábana exprimida que chorreaba semen, y aquel pobre pretendiente en silla de ruedas al que perseguían las mariposas enloquecidas por el olor a pintura, y el tren lleno de muertos de la compañía bananera, y el sol bobo, bermejo y áspero que se anunció al mundo después del diluvio, y el coronel Aureliano Buendía sobreviviendo a guerras, emboscadas, traiciones, venenos, un suicidio y un pelotón de fusilamiento. Recuerdo la pobre estrategia de ir leyendo cada vez menos, para que aquella maravilla tropical no se acabara nunca, y la tristeza de las últimas páginas, y el prodigio del párrafo final donde se acababa a la vez la historia y el mundo y mi historia y la historia del mundo.

Una vez le preguntaron cuál era, en su opinión, la mayor virtud de ese libro increíble y respondió: “La infinita tristeza y la infinita compasión que el creador siente por cada una de sus criaturas”. Esa respuesta, propia de un demiurgo imperfecto, se refiere ante todo al cariño que le tomó al personaje del coronel Aureliano Buendía, cuya existencia se prolonga capítulo a capítulo más allá de la natural longevidad de aquella familia insensata e incluso del capricho todopoderoso del novelista. Su mujer, que fue el único sostén doméstico durante los años de gestación de aquella Biblia latinoamericana, iba leyendo las páginas a medida que salían de la máquina de escribir y se dio cuenta de que el pobre coronel ya estaba viejo, que estaba desvariando. Pero García Márquez se resistía a darle el mismo destino que a todos los demás, hasta que comprendió que no podía alargar más aquella absurda agonía de papel, y un día que llegó el circo a Macondo, el coronel salió a verlo con la alegría inédita de un niño, recorrió unos cuantos pasos, le entraron ganas de orinar y se murió de pie contra un árbol, encogido como un pollito. García Márquez contaba que la tarde en que escribió aquel párrafo portentoso y mortal salió de su despacho con la cara descompuesta, su mujer lo vio y preguntó: “¿Ha muerto el coronel, verdad?”. No pudo responder, afirmó con la cabeza, se tumbó en el sofá y estuvo llorando dos horas.