Opinion · Punto de Fisión

El auge de las medusas

Este verano en la playa he percibido un inquietante paralelismo biológico: las medusas son como políticos en muchos y desagradables aspectos. Ambos no sirven para gran cosa, excepto para estar flotando tontamente por ahí, extendiendo los tentáculos, trincando lo que pueden y haciendo la puñeta. Al igual que los políticos, no todas las medusas son necesariamente mortales, pero prácticamente todas son molestas, dañinas y verdaderamente pintan muy poco en la escala biológica. Unas simplemente te pegan un calambrazo (los concejales y alcaldes del meduseo) mientras que otras pueden enviarte al hospital e incluso al cementerio, como si estuvieran a cargo de un ministerio. Sólo a un ingenuo o a un imbécil pertinaz se le ocurriría acercarse a una de ellas a pegarle un abrazo, del mismo modo que a un político en campaña le dan la confianza, el voto y una carta blanca para los próximos cuatro años.

La semana pasada a mi chica la agarró una medusa por banda y le hizo una inspección de hacienda que ocupaba de los muslos a la cintura y que nos llevó directamente al hospital, para que le pusieran un antiinflamatorio y un antihistamínico. Al día siguiente yo me metí en el mar ya con menos confianza: aunque a mí no me pican medusas desde los tiempos del referendum de la OTAN, el mero hecho de saber que deambulaban por ahí, en medio de esa sopa azul salada, bastaba para fastidiarme el veraneo. Debo advertir que yo soy uno de esos tipos raros que disfruta de la playa únicamente por la natación y que, desde que desterraron los chiringuitos, considero el sol, la arena ardiente, las toallas y sombrillas un territorio francamente hostil. Para mí las bellas señoritas en bikini no son más que espejismos provocados por el calor, y los niños, los forzudos de circo que exhiben pectorales y las señoras a la plancha, meros accidentes geográficos. Puede que el pensamiento occidental naciera a orillas del Mediterráneo pero tengo la seguridad de que no lo hizo en una calva barnizada con bronceador.

El caso es que, aquella mañana, mientras nadaba mar adentro, recibí en el tobillo una multa de tráfico. Fue una cuchillada instantánea y eléctrica que me hizo salir a la orilla para descubrir un hermoso latigazo rojizo de unos quince centímetros. La doctora que había atendido a mi chica nos dijo que no sabía por qué motivo pero los ataques de medusas proliferan en las semanas finales de agosto y comienzos de septiembre, como políticos regresando al trabajo. No me quedaban más que unos pocos días de playa pero sabía que se había acabado la temporada de natación. A la mañana siguiente me metí al agua con las gafas de buceo y apenas había dado tres brazadas cuando me topé con una bella y transparente florecilla flotando a unos palmos de mi cara. Di media vuelta y salí hacia la sombrilla, tentado de gritar “¡Medusa, medusa!” a los bañistas que chapoteaban desprevenidos, muy cerca de aquel pequeño monstruo. Afortunadamente no lo hice. Esperé que en breves momentos la playa se llenara de gritos, carreras, juramentos, maldiciones y niños llorosos, pero no ocurrió nada. Dos horas después mi chica me dijo que mi medusa todavía no le había picado a nadie, que ya podía meterme al agua otra vez, y yo le respondí que no, que me estaba esperando a mí, igual que el tiburón del cuento de Buzzati, que persigue al pescador durante toda su vida y que ya no puede volver al océano porque sabe que, allá donde vaya, habrá una aleta negra acechándolo. De repente alguien sacó una medusa y luego otra, la gente empezó a pescarlas, las enganchaba con las chanclas, las sacaba en cubos a la orilla y las dejaban agonizar allí, como políticos corruptos. “Mira, papá, otra, otra”. Parecían divertirse mucho, pero mi idea de la diversión en una playa es nadar despreocupadamente en el mar, no cazar bichos inmundos y verlos pudrirse al sol. Eso se parecía demasiado a mi trabajo de columnista como para no pensar que ya era hora de regresar a casa.