Crimen sin castigo

La historia del hundimiento y expolio de Caja Madrid cada vez recuerda más a una de esas sagas familiares tan queridas por la narrativa del siglo XIX. En la frase de obertura de Ana Karenina, Tolstoi escribió: “Todas las familias felices se parecen, pero las desgraciadas lo son cada una a su manera”. La cúpula de Caja Madrid, con sus presidentes y directivos muchimillonarios, sus cenas pantagruélicas, sus trajes y sus hotelazos, formaba una familia enorme, estupenda y bien avenida, a pesar de las pequeñas diferencias ideológicas. Entre ellos estaban, además de Ildefonso Sánchez Barcoj, Miguel Blesa y Ricardo Morado (cuyo apellido lo dice todo), José Antonio Moral Santín, de Izquierda Unida, en cuya cuenta de gastos aparecen 456.500 euros, casi 20.000 más que el propio Blesa.

Al otro lado de la ventanilla, las miles y miles de familias que fueron saqueadas, hipotecadas, abusadas y exprimidas, cada una a su manera. Este naufragio múltiple y diverso es el que forma la gran novela de Caja Madrid, esos Episodios Nacionales repletos de cifras en la lista del paro, nuevos pobres, mendigos recién estrenados, muchedumbres en la cola de los comedores sociales, familias expulsadas a la puta calle, suicidas que se arrojan por el balcón o que se ahorcan en silencio para dejar sitio. Es lógico que los jueces no puedan siquiera hacerse una idea de la magnitud del delito, primero, porque ya advirtió Tolstoi que la felicidad no tiene historia; y segundo, porque, si se ponen a hacer literatura, les puede pasar lo mismo que al juez Elpidio Silva, al que sacaron tarjeta roja por excederse en los límites de la crítica literaria.

La historia suena también a venganza intestina en diferido. De repente, sin saber muy bien cómo, mientras Cañete recordaba que sí, hombre, que había cobrado sobresueldos para formalizar su declaración de bienes ante un tribunal europeo, ha surgido del subsuelo otro chorro de mierda en forma de tarjetas de crédito, una información a destiempo, un flash-back de dinero negro, otro epílogo para una novela nunca escrita. El propio Montoro ha reconocido la filiación familiar de esta inmensa putrefacción con una sentencia dulcemente paterna: “Mas me duele a mí”. Es la frase que decía un padre justo después de meterle una hostia al primogénito querido: “Hijo, más me duele a mí”. Traducida a términos de novela negra, quiere decir que Montoro, el hombre que ahora presume de saber los pecados fiscales de toda la población española (excepto infantas y aledaños), era un alma bendita que no sabía ni por dónde le daba el aire mientras sus amigotes se forraban a costa del erario público durante trece años seguidos. Para escribir esta novela no basta el genio de Tolstoi; hay que recurrir a Dostoievski, un experto en criminales que asesinaban viejas usureras por bondad y en tontos bondadosos que eran idiotas, de tontos y bondadosos que eran. Pueden apostar lo que quieran sobre qué ocurrirá en los próximos capítulos, pero el título se va quedar como está: Crimen sin castigo.