All Blacks: todo luz

Hace años el apertura de los All Blacks, Dan Carter, empezó a coleccionar trajes de superhéroes. Pocos individuos en el planeta podrían permitirse semejante ridiculez, la de encajar pectorales y abdominales en una tela elástica sin recurrir al photoshop, y seguro que la mayoría también serían jugadores de rugby. Carter abandonó la colección cuando se enteró de que iba a ser padre porque necesitaba el armario para su futuro hijo. También, quizá, porque se dio cuenta de que no hay traje de superhéroe más auténtico que la camiseta de los All Blacks. Ni Spiderman ni Superman ni Batman.

Como el de muchos otros jugadores actuales, el físico de Carter desmiente aquel viejo dicho de que un equipo de rugby consiste en quince jugadores, la mitad de los cuales son capaces de transportar un piano y la otra mitad capaces de tocarlo. La actual selección de Nueva Zelanda, la que revalidó por primera vez el título, convirtiéndose en única tricampeona mundial, está formada por una colección de armarios roperos injertados con la destreza de bailarines del Bolshoi; no sólo son capaces de tocar un preludio de Liszt sino que lo tocan mientras llevan el piano a cuestas.

Ante semejante exhibición de potencia, velocidad e imaginación, poco pudieron hacer los Wallabies el sábado en la final, a pesar de la fiereza de sus flankers, Pocock y Hooper, y la solidez de su apertura, Bernard Foley. En la catedral de Twickenham, después de aguantar un impresionante contraataque australiano que al comienzo de la segunda parte basculó el marcador de 21-3 a 21-17, los All Blacks remataron un guión de ensueño. Los neozelandeses lograron imponerse con una autoridad inédita desde los tiempos en que arrasaron a Les Blues en el primer mundial, en 1987, con aquel XV prodigioso que incluía a Grant Fox, a Michael Jones y a John Kirwan, un ala rubio cuyo galope sobre el campo le valió el apodo de El Caballo. Después, en las sucesivas ediciones de la copa Ellis, les pudo la responsabilidad de la camiseta: el mundo del rugby todavía recuerda conmocionado aquel milagro que en 1995 consiguieron los Springboks sudafricanos frente a la legendaria selección de Jonah Lomu y Zinzan Brooke, la misma que arrolló a todos los rivales como una apisonadora y que fue detenida in extremis por una defensa digna de Stalingrado y un drop sobrenatural de Joel Stransky en el tiempo de descuento. La pelota pasó entre palos inaugurando el sueño de Mandela y le dio a Clint Eastwood el guión de un western en bandeja.

Este año, en Londres, los neozelandeses se han quitado la espina de aquella victoria agónica hace cuatro años contra los franceses (liderados por una pesadilla llamada Dusautoir) y han vencido en un mundial en donde el hemisferio sur, incluyendo Argentina, ha demolido al norte, a pesar de una discutible actuación arbitral en el encuentro entre Escocia y Australia, y de una lamentable lista de bajas en la selección galesa. Ha sido, también, la despedida de una generación de jugadores irrepetible: el gran capitán Richie McCaw, Ma’a Nonu, Conrad Smith, Tony Woodcock, Keeven Mealamu y Dan Carter, considerado por muchos el mejor apertura de la historia. No importa: otros superhéroes, como Milner-Skudder, ya están listos para continuar la leyenda. Los All Blacks se pasan la camiseta unos a otros como joyas de familia: Lomu recibió la suya, estampada con el número 11, de manos del mítico John Kirwan quien le dijo: “Ya es tuya, pero ahora empieza el trabajo. Ahora te toca ser el mejor All Black que jamás haya vestido esta camiseta”.

Al final de la celebración, mientras marchaban hacia los vestuarios, un crío rompió la barrera de seguridad para tocar a su ídolo, Sonny Bill Williams, quien materializó el segundo ensayo de los All Blacks tras fijar a cuatro australianos en su placaje, girar sobre sí mismo en plan derviche y pasar la pelota a Ma’a Nonu que atravesó la línea de marca como un huracán con patas. Con la misma serenidad con que juega, Sonny, sonriendo, se quitó la medalla y se la regaló al chaval, que no podía creérselo. Puede que sólo sea deporte, sí, pero el rugby también es épica, ética y estética.

 

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