Amanecer de los negros

Dawn Butler, una diputada laborista de raza negra, viajaba en el ascensor privado de los parlamentarios de la Cámara de los Comunes cuando se encontró con otro diputado que le advirtió que las empleadas de la limpieza no podían utilizar ese ascensor. Al delito de oscuridad epidérmica, Butler sumaba el agravante de sexo femenino. O puede que fuese al revés. Ya le había ocurrido en otra ocasión, cuando un miembro del gobierno le preguntó qué pintaba ella en una terraza reservada a los parlamentarios. Tras la aclaración, el comentario posterior fue algo más explícito: “Vaya, en estos días admiten a cualquiera”.

Butler no ha querido revelar el nombre de estos dos simpáticos colegas, lo cual es una lástima. Primero le dijeron que se había equivocado de ascensor, luego especificaron que se había equivocado de país. Gran Bretaña siempre ha sido un excelente caldo de cultivo para la xenofobia, a pesar de (o tal vez precisamente por) consistir en un enorme puchero de etnias, creencias y religiones que viene hirviendo desde que se desmembró el imperio. En cuanto ideología organizada, el racismo británico se remonta a los tiempos de Oswald Mosley, fundador de la Unión Británica Fascista, BUF, que basta oír las siglas para comprender el asco que dan y que daban.

En los sesenta, con la inmigración masiva de hindúes, paquistaníes, caribeños y africanos procedentes de las antiguas colonias, y la creación de guetos en las grandes ciudades, hubo varias tentativas de refundar el sueño hitleriano de Mosley, las cuales terminaron eclosionando en el actual BNP, el Partido Nacional Británico, un auténtico nido de neonazis que, por suerte, nunca ha llegado muy lejos en las urnas. Mucho más peligroso es el racismo encubierto, ese núcleo reptiliano incrustado en lo más profundo de las circunvalaciones cerebrales y que emerge al ver ocupado el espacio vital de un ascensor por una mujer de piel negra. Tuvo suerte Dawn Butler de no tropezarse en un sitio tan angosto con Strauss-Kahn, porque éste ni le hubiera preguntado.

Salvo por la empatía, esa capacidad extrasensorial de ponernos en el lugar de otro, no hay muchas ocasiones de que un varón blanco experimente la humillación del racismo en occidente. Mi experiencia personal se reduce a que una vez, en la cama, una mulata imponente me dijo que parecía chino. “¿Por mis ojos rasgados?” le pregunté. “No” respondió, “por lo mucho que te esfuerzas”. Chris Rock también quitó hierro al asunto del racismo en Hollywood con un discurso al límite donde dijo que los negros en los sesenta tenían preocupaciones más importantes que la marginación en los Oscars. Sin embargo, también dijo que este año en el In Memoriam sólo iban a salir negros muertos a tiros por la policía, lo cual era una exageración, ya que la ceremonia se habría alargado una semana. El racismo estadounidense se prolongó mucho más allá de la abolición de la esclavitud y cualquier viajero atento que ponga un pie en el país podrá comprobar que, a pesar de Obama, sigue habiendo una inmensa mayoría de afroamericanos dedicados a tareas de limpieza. En una conferencia donde alguien preguntó con alegre inconsciencia “¿Qué pasa con las mujeres y la ciencia?”, el gran astrofísico de raza negra Neil Degrasse Tyson, discípulo de Carl Sagan, pegó un somero repaso a la cuestión, puntualizando que, aunque no tenía experiencia como mujer, sí que le había pasado a menudo, durante sus estudios, que alguien le aconsejara dedicarse a los deportes. Merece la pena ver el video.

https://www.youtube.com/watch?v=ZIBgPUYDGJ4