Nos tomamos el Nobel demasiado en serio

Es muy simple, no es que no se lo merezca, que si esto o si lo otro. Es que, si le preguntan a cualquiera por Bob Dylan, nadie honestamente diría que es un escritor, un poeta. Diría que es un músico. Concretamente un compositor e intérprete de canciones. Y acertaría de plano. Otra cosa es que algunas de esas canciones sean extraordinarias. Pero lo que hace único el arte de Bob Dylan es su forma de cantar, de interpretar, de decir esas canciones; un arte que está muy lejos de lo que se entiende por literatura, no sólo en el diccionario sino en la propia tradición literaria, que abandonó la canción como forma autónoma hace ya más de dos siglos. Hay muchas más pero la principal diferencia entre un cantautor y un poeta es que los poemas no necesitan música, mientras que las canciones sí, desesperadamente. Incluso las mejores.

Sara Danius, la secretaria de la Academia Sueca lo ha comparado con Homero y Safo. “Puede y debe ser leído” ha dicho. Creáme, señora, la poesía de Dylan gana mucho si se escucha en su recipiente habitual -un disco- que leída a pelo. Es cierto que los aedos griegos y los juglares medievales se acompañaban de liras y otros instrumentos de cuerdas, pero la Ilíada y la Odisea han sobrevivido milenios sin música, cosa bastante difícil para cualquier canción de Bob Dylan. Como forma literaria la canción, al menos en occidente, desapareció engullida en el gran cuerpo de los pentagramas, en el lied, en la ópera, en el vodevil, en la zarzuela, en el musical. Las canciones, hoy día y desde hace mucho tiempo, no son un género literario, no están en el apartado de la poesía sino en el de la música. Y cuando la Academia Sueca, en su comunicado oficial, afirma que se ha premiado a Dylan “por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición de la canción americana”, tampoco se entiende muy bien a qué tradición se refieren. ¿A Cole Porter? ¿A Aaron Copland? ¿A Rodgers y Hammerstein? ¿A Pete Seeger?

Claro que tampoco hay que rasgarse las vestiduras. Aparte de otras consideraciones, evidentemente la Academia Sueca siempre busca ampliar las categorías de los premios, como hizo en su día con el Nobel de la Paz al concedérselo a Obama, por ser negro, o a Kissinger, por llevar gafas. Para muchos el galardón a Bob Dylan será un justo reconocimiento a un juglar contemporáneo -literariamente hablando: un fósil del medievo- cuyas canciones han sido la banda sonora de su vida, mientras que para otros será otro baldón más en una ilustre lista de despropósitos que cuenta en su no haber con Joyce, Kafka, Nabokov o Borges entre los difuntos más célebres y con Adonis, John Ashbery o Philip Roth entre los vivos. Una lástima que, en su novedosa afición por el riesgo, los académicos suecos sigan olvidándose de otros géneros -esta vez sí- eminentemente literarios pero que no se consideran dignos de un premio Nobel. Ahí también quedaron relegados algunos de los mayores escritores del siglo: Dashiel Hammett, Raymond Chandler, Jim Thompson, Georges Simenon en la novela negra o H. G. Wells, Stanislaw Lem, Philip K. Dick en la ciencia-ficción.

Es una suerte que casi todo el mundo opinemos libremente sólo de literatura o de política, porque a lo mejor los suecos están haciendo lo mismo con los premios Nobel de Física, Química o de Medicina y cualquier día premian al inventor del chocolate laxante. Pero lo cierto es que nos tomamos el Premio Nobel demasiado en serio. Sobre todo el de Literatura. Mejor haríamos imitando a los académicos suecos.