Eduardo Mendoza en serio

Hace unos años Eduardo Mendoza hizo una de sus bromas más serias, cuando dijo que Kafka era un mal escritor. “Lo queremos porque era muy fotogénico” dijo, como si Kafka, que más bien tenía cara de murciélago, hubiese ganado algún concurso de belleza. O peor aun, como si Kafka hubiese ganado el premio Planeta. “Era muy mal escritor y además lo sabía” explicó, añadiendo que justamente porque lo sabía quemó varios de sus manuscritos y prohibió que los demás se publicaran. Kafka, según Mendoza, no tenía ningún sentido de la narración: sus novelas dan la impresión de que acaban nada más empezar. Ese señor que se despierta por la mañana, después de un sueño intranquilo, convertido en un monstruoso insecto, es el final perfecto de una novela o incluso el final de un chiste. Muchos cuentos de hadas terminan precisamente así, con un príncipe convertido en sapo o viceversa. A Mendoza la broma le salió tan bien, la contó con tanta circunspección y con tanto aplomo que unos años después los checos le concedieron el premio Franz Kafka y él estuvo encantado de ir a recogerlo.

Bromear en serio no es nada fácil y Mendoza lleva haciéndolo por escrito muchos años. Lo que pasa es que el humor está muy mal visto, no sólo en este país, sino más bien en toda la cultura occidental; por eso Aristóteles no dijo nada acerca de la comedia en su Poética o, peor todavía, sí que lo dijo y unos monjes atrabiliarios le quemaron el manuscrito con siglos de retraso para dejar a la risa huérfana de coartada intelectual, como señaló Umberto Eco. Pregunta de examen: ¿cuántas comedias han ganado el Oscar?

No hay más que echar un vistazo a la lista de los premios Nobel y ver cuántos novelistas, poetas o dramaturgos hay de los que provocan la risa, la sonrisa o la franca carcajada. No está Stanislaw Lem, no está Julio Cortázar, no está Italo Calvino, no está Anthony Burgess. Tampoco están Kafka ni Joyce, que, aunque no lo parezca, eran un par de cachondos. Joyce metía chascarrillos lingüísticos y juegos de palabras con calzador sólo para desesperar a los críticos del futuro; Kafka leía en voz alta el comienzo de El proceso, la escena en que los policías van a buscar a Joseph K. y se comen su desayuno, y sus amigos se descojonaban vivos. También hay que alabar el buen tino de los académicos suecos, quienes tuvieron que pasárselo pipa el día en que decidieron premiar a Echegaray o a Solzhenitsyn.

Más de un crítico, y más de dos, ha dividido la obra narrativa de Eduardo Mendoza entre las novelas serias y las cómicas, y consideran que las segundas son simples divertimentos mientras que las primeras acumulan la chicha, el sabor, la enjundia. Supongo que es el mismo tipo de crítico que prefiere el Persiles al Quijote, un libro con el que los lectores se partían de risa hasta que llegó lord Byron y dijo que el Quijote era el libro más triste del mundo justamente porque nos hace reír. El propio Cervantes, sin ir más lejos, prefería el Persiles al Quijote, aunque nunca sabremos si cuando lo decía estaba de coña.