El ajedrez y la política

En el campeonato mundial de ajedrez que acaba de celebrarse en Nueva York parecía que no pasaba nada fuera de la tempestad cuadriculada que barre puntualmente los tableros, pero por detrás, como casi siempre en el ajedrez, estaban pasando muchas cosas. Más allá de los jugadores, el público, los entrenadores, los equipos de analistas y el ronroneo de los ordenadores, se adivinaban las sombras y vaivenes del mundo: la audaz jugada de Putin para que Rusia recobrara el cetro de la hegemonía mundial como en los viejos tiempos de la Unión Soviética. Se dice que el joven aspirante, Sergey Karjakin, es un simple peón del mandatario ruso, un alfil infiltrado en pleno corazón de la Gran Manzana para arrebatarle el título al último amo indiscutible de las 64 casillas, el noruego Magnus Carlsen.

Por supuesto, ante el tablero, Karjakin es mucho más que eso: ha resultado un adversario peligrosísimo, gélido y casi invencible que a punto estuvo de arrebatar la corona a Carlsen. En un match previsto a doce partidas, hizo tablas en las primeras siete, en algunas de ellas con defensas casi acrobáticas, y de repente, en la octava, rompió los pronósticos al imponerse ante el noruego comandando las piezas negras. Sin embargo, cuando la catástrofe se cernía sobre él, a falta de cuatro partidas Carlsen demostró su temple: entabló la novena y empató el match con una brillante victoria en la décima. Tras las tablas de la undécima, todos los aficionados esperaban un gran ataque con blancas por parte del campeón en la última partida, pero el noruego prefirió amarrar el resultado y reservarse para un desempate de infarto.

Así, la tarde del miércoles, impuso su maestría en un tiroteo feroz de cuatro partidas semirrápidas, donde Karjakin, a pesar de los apuros de tiempo, entabló la primera e hizo juegos malabares en una posición inverosímil en la segunda, aunque no pudo evitar que en la tercera Carlsen lo apuntillara a coces con un caballo incrustado en la tercera fila. En la cuarta y última, como si fuese el guión de una película, Karjakin se decidió por una defensa siciliana, intentando arriesgar por primera vez en el match, pero el noruego fue exprimiendo más y más su ventaja hasta rematar su victoria con un mate de antología: un sacrificio de dama contra el enroque negro en h6 que, como dice mi amigo Mario Iglesias, parece una jugada de otra época.

En La torre herida por el rayo, una novela absolutamente prodigiosa, Arrabal dictamina que el ajedrez siempre ha sido un reflejo de la política. De ahí que la apertura española, favorita del mejor jugador de entonces, el humanista extremeño Ruy López de Segura, se popularizase en tiempos del imperio de Felipe II. O que, en vísperas de la Revolución Francesa, el gran Philidor asegurase que “los peones son el alma del ajedrez”. La comparación parece bastante traída de los pelos en los tiempos de Morphy, Anderssen, Steinitz, Lasker, Capablanca o Alekhine, pero se vuelve transparente con el dominio de los tableros en la era soviética (Botvinnik, Smyslov, Tal, Petrossian, Spassky) y con la aparición fulgurante de Bobby Fischer que profetizó la caída de la URSS con décadas de adelanto. Las peleas a muerte entre Karpov y Korchnoi, que incluyeron todo tipo de juego sucio (parapsicólogos, sectas religiosas, mensajes en yogures y acusaciones de secuestro de la familia de Korchnoi por parte de la cúpula soviética) escenificaron la lucha entre el comunismo y la disidencia, hasta que llegó Kasparov, el mensajero de la perestroika.

La guerra prosigue hoy día, ya que Kasparov, enemigo declarado de Putin, no sólo es uno de los entrenadores de Carlsen, el joven prodigio que anuncia coches deportivos y marcas de ropa, sino que también dijo poco antes del match que el bisoño Karjakin no tenía la menor oportunidad frente al campeón mundial. En sus declaraciones, más que el rigor ajedrecístico, asomaba el rencor contra un muchacho que prefirió olvidar su origen ucraniano y nacionalizarse ruso para intentar devolver el título a la escuela soviética.

Retransmitido en directo por el canal chess24, con los divertidos y precisos comentarios de los maestros David Antón, Pepe Cuenca y David Martínez, las cuatro horas y pico que duró el desempate transcurrieron con tanta emoción que Karjakin llegó a ser trending topic en Madrid gracias a su formidable tenacidad defensiva. Mucha más expectación había en Moscú, donde una muchedumbre inundó la Plaza Roja para contemplar en las pantallas gigantes la belleza silente y feroz de una batalla eterna.