Kirk Douglas, senderos de gloria

Hace ya muchos años, cuando escribió su magnífico libro de memorias El hijo del trapero, Kirk Douglas narraba la escena en que, ya bastante mayor, veía cómo dos jovencitas lo reconocían en la calle y al pasar ante ellas hinchaba el pecho como un pavo. “Mira” decía una de ellas, embelesada, “el papá de Michael Douglas”. Era 1989, el actor contaba 72 magníficos años, se sentía fuera de juego y ya le había pasado el testigo a sus hijos. Hoy acaba de cumplir cien y es, junto con Olivia de Havilland, el último dinosaurio de la época dorada de Hollywood, una gárgola viviente cuya biografía está escrita a golpes de leyenda.

Probablemente ningún otro actor, ni James Stewart, ni Cary Grant, ni John Wayne, ni Max Von Sydow, pueda presumir de una lista de obras maestras tan enorme y variada. Dramas, westerns, comedias, policíacos, peplum, aventuras, Douglas paseó su característico mentón por media historia del cine. Su físico desprendía una energía y una intensidad extraordinarias, y aunque sobresalía ante todo en papeles heroicos (de pistolero, de gladiador, de boxeador, de guerrero), también era capaz de componer villanos inolvidables, como en Retorno al pasado, El gran carnaval o Cautivos del mal. O de incorporar como pocos el sufrimiento y la lástima, no hay más que recordar el fabuloso Van Gogh que encarnó para Vincente Minnelli en El loco del pelo rojo.

A su olfato de productor le debemos, entre otras muchas cosas, el primer gran empujón en la carrera de Kubrick, cuando lo llamó para ponerlo al frente del mayor alegato antibélico de la historia del cine: Senderos de gloria. En la célebre toma subjetiva de las trincheras, su rostro implacable pasa revista a los soldados que van a entrar en combate mientras sus ojos tercos lo dicen todo: está mirando cadáveres. Como el de Robert Mitchum, como el de Ava Gardner, como el de algunas estrellas del Hollywood clásico, el rostro de Kirk Douglas es una fuerza de la naturaleza, un rasgo del paisaje reconocible para cualquier espectador, y tiene el poder de evocar en un solo gesto furias y tormentas, calmas y tempestades.

Hijo de emigrantes rusos judíos que escaparon de Moscú para evitar el reclutamiento en la guerra contra Japón, nunca olvidó que su padre tuvo que hacerse trapero nada más llegar a Nueva York, porque a los judíos les prohibían trabajar en las fábricas. Cuando coincidieron en el rodaje de El loco de pelo rojo, Anthony Quinn, que acabaría ganando el Oscar por su papel de Gauguin, le dijo que no tenía la menor idea de lo que era la miseria. Douglas le contestó que, por desgracia, lo sabía de sobra, y Quinn le respondió que no le hiciera reír, que una cosa era ser pobre en Nueva York y otra ser pobre en un suburbio de Chihuahua. “No, no lo sé” dijo Douglas, “y me he pasado el resto de mi vida intentando no averiguar la diferencia”.

De su incomparable legado cinematográfico, él personalmente prefería una película sobre todas las otras, Los valientes andan solos, un western terminal de David Miller con Gena Rowlands y Walter Mathau donde Douglas comparte protagonismo con una bellísima yegüa rojiza llamada Whisky. Imposible contemplar la persecución final con coches y helicópteros -el final de la edad de los caballos- sin que se te llenen los ojos de lágrimas. El guión -el más perfecto que jamás cayó en sus manos, según confesión propia- era obra de Dalton Trumbo, el guionista de Espartaco, el hombre que siempre le agradeció a Douglas que le devolviera su nombre en los créditos cuando decidió dar fin a la caza de brujas en Hollywood. Aunque no lo consiguiera del todo.

Marlene Dietrich, Lauren Bacall, Pier Angeli, Lana Turner, Rita Hayworth, Gene Tierney, fueron algunas de sus amantes más famosas, por citar únicamente las celebridades. En realidad, hubo centenares de ellas, quizá miles si se cuentan encuentros anónimos de una noche, y el propio Kirk Douglas menciona en sus memorias cómo Anne Buydens le preparó una cita sorpresa en la que se reencontró con veinte o treinta de sus amantes del último año. En ese momento Douglas comprendió dos cosas: que no podía seguir a ese ritmo y que estaba delante de su futura segunda esposa.

Fue un jefe vikingo con el ojo arrancado, fue un periodista sin corazón capaz de dejar morir a un hombre por vender más periódicos, fue un gladiador rebelde guiando a los esclavos, fue el coronel Dax en el fango sanguinario de Francia, fue un púgil contra las cuerdas, fue Doc Holliday con demasiada salud, fue un productor sin escrúpulos que vendía a su novia y a sus amigos, fue Van Gogh lanzando al mundo su grito amarillo, fue el arponero que acompañó al capitán Nemo en su último viaje bajo los mares. Pero siempre siguió siendo Issur, el hijo del trapero. Cuando se muera, ojalá sea dentro de muchos años, ni un funeral vikingo va a hacer justicia a su grandeza.