La negligencia de Lagarde

Un tribunal de chiste le ha impuesto a Christine Lagarde una sentencia de chiste tras un juicio de chiste. El chiste, por supuesto, no tiene ni puta gracia, pero sale carísimo. Más de cuatrocientos millones de euros que el estado francés le regaló a un millonario por un quítame allá esas zapatillas y que a Lagarde, ministra de Economía y Finanzas por aquel entonces, se le pasó por alto investigar. Era la época del presidente Nikolas Sarkozy y las alzas en los tacones estaban de moda. Lagarde estaba muy preocupada gestionando la crisis y no tenía tiempo para atender minucias. Como buena experta en altas finanzas, sabe muy bien que lo que roba un rico pueden reponerlo un montón de pobres apenas se ajusten un poco el cinturón. Es lo que nos acaba de pasar a los españoles, que hemos comprado, por la módica cantidad de cincuenta euros cada uno, unas autopistas en ruinas que previamente nos habían robado en nuestras narices.

Con Lagarde cabían dudas de si lo suyo había sido prevaricación, fraude, choriceo o si sencillamente se dedicaba a asar manteca. Al final, un tribunal de amiguetes ha decidido que es culpable de negligencia y no le van a imponer ningún castigo porque la cosa podía haber sido mucho peor. La pena de negligencia fue aplicada con retroactividad y alevosía cuando decidieron nombrarla a dedo directora del FMI, un organismo cuyas iniciales responden al concepto Fondo de Mierda Insondable. Había muchos cuatreros, tecnócratas y criminales cualificados que optaban al puesto pero donar cuatrocientos millones de euros de dinero público a un millonario desde el puente de mando de la economía francesa resultó un argumento irresistible.

Aun así, Lagarde lo tenía difícil para destacar en un ecosistema donde anteriormente habían prosperado ejemplares de la talla de Dominique Strauss-Kahn o Rodrigo Rato. Después de la violación, el fraude fiscal y el blanqueo de dinero, lo lógico en el FMI era subir las apuestas en su implacable búsqueda de la excelencia y poner al frente del organigrama a un acusado de asesinato. En lugar de eso, ficharon a Lagarde, quien no les defraudó -dicho sea en todos los sentidos. En 2012 promovió una iniciativa para bajar las pensiones “ante el riesgo de que la gente viva más de lo esperado”. Tan compasivo argumento, digno de los arquitectos de Treblinka, no la arredró y al año siguiente se superó a sí misma al proponer una quita del diez por ciento de los ahorros de todas las familias europeas para reducir la deuda pública a los niveles de 2007. Se trataba de dar la vuelta al mito de Robin Hood entrando en saco a los hogares con recaudadores de impuestos. Así se matarían varios pájaros de un tiro porque, tras la quita, probablemente muchos pobres acabarían en la indigencia y muchos indigentes acabarían muertos. En el FMI se rompían las manos aplaudiendo.

Sin embargo, ahora estos proyectos de eutanasia radical y saneamiento de la economía pueden quedar en nada. Tras la sentencia, ha quedado probado que Lagarde es culpable de negligencia, es decir, que podía haber distraído muchos más millones y enriquecido a otros millonarios. Va ser difícil reemplazarla. En lugar de un asesino o un ladrón, en el FMI van a tener que fichar a la peste bubónica.