Mr. Obama se despide de ustedes

Cuando se vistió de presidente, Barack Obama lo hizo abotonado con una especie de expectación universal, una expectación de la que George Bernard Shaw hubiera dicho lo mismo que dijo el día en que leyó en el periódico la noticia de su muerte: “Me parece una noticia prematura y exagerada”. Era como si la paloma de la paz hubiese aterrizado en el jardín de la Casa Blanca. Una comparación que, salvo el color equivocado, tiene bastante pólvora auténtica, puesto que Obama llegaba con el premio Nobel de la Paz bajo el brazo. ¿Qué había hecho para conseguirlo? Nada, pero se esperaba ansiosamente que lo hiciera, sobre todo teniendo en cuenta la reputación del anterior inquilino en el cargo.

Desde Kennedy, ningún presidente estadounidense había provocado tanta expectación y, desde luego, ninguno lo tuvo nunca más fácil para satisfacerla. Bastaba con no ser George Bush Jr., es decir, no ser un botarate sanguinario, torpe y esperpéntico, un terrorista estatal a quien le importan un pimiento la legalidad internacional y las vidas humanas. Bastaba con no repetir las francachelas militaristas que arrasaron Oriente Medio. Bastaba con castigar a los responsables del desmadre financiero que dejó la economía mundial por los suelos. Bastaba con cerrar Guantánamo, una vergüenza para el mundo libre.

Bien, en ocho años, Obama no ha tenido tiempo, ni tampoco muchas ganas, para hacer (y no hacer) todo eso. Aun así, sigue cayendo bien, quizá porque, además de su educación, su porte, su oratoria y el crédito inherente a los candidatos demócratas, cuenta con la simpatía de ser el primer presidente negro en la historia de los Estados Unidos de América. Pero Obama, que es más bien mestizo, ni siquiera llega a descafeinado ni a café con leche. Ha sido más bien como Al Jolson en El cantor de jazz: un blanco con la cara pintada de negro. Es evidente que sabe moverse, habla bien y cuenta chistes sin trabucarse; por lo tanto, es mucho más adecuado para el papel que su lamentable antecesor. Eso es lo esencial para la prensa oficial y libre: que el actor que hace de presidente sepa actuar como un presidente.

Por lo demás, imaginen la indignación de esa misma prensa oficial y libre si Bush hubiese seguido al frente del cotarro en los años en que se orquestó la caída de Muamar el Gadafi en Libia, la financiación del ISIS para intentar derrocar a Bashar al-Asad en Siria o los oscuros tejemajenes en el golpe de estado en Honduras. Imaginen qué titulares más jugosos y qué manifestaciones multitudinarias si se hubiera conocido la noticia de que Bush andaba espiando a todas horas a sus aliados, incluidos presidentes, primeros ministros y altos mandos. Yes, we scan. Imaginen qué rechinar de dientes si se hubiese sabido que, al acabar el mandato de Bush, hay más refugiados en el mundo que después de la Segunda Guerra Mundial y que las expulsiones de inmigrantes duplican las de la Unión Europea: casi cuatrocientas mil personas al año. Afortunadamente, es el bueno de Obama el que anda detrás de esos cientos de miles de cadáveres, de esos millones de desplazados y de ese espeluznante montón de mierda.

Con Obama hemos aprendido que el poder de un presidente estadounidense alcanza apenas las buenas intenciones. No hace más que obedecer la ley de la inercia. Salvo unos pocos parches, Obama no pudo llevar adelante su gran programa sanitario. En estos ocho años no pudo no dejar de matar inocentes ni de destruir sus casas en el otro extremo del globo. En estos putos ocho años no pudo desmantelar Guantánamo, aunque sí pudo desmantelar Libia, desestabilizar su gobierno, provocar una guerra civil espantosa, bañar el país entero en sangre y dejarlo hecho un agujero negro que ni siquiera sale en las noticias. Pero es que el presidente no pinta nada, es sólo un monigote democrático en manos de grupos de presión, lobbys petroleros, halcones neocon y vendedores de armas. Acabáramos. Según esa regla de tres, no hay que preocuparse demasiado por lo que vaya a hacer Trump. Estamos en buenas manos.

Hay un punto especialmente sensible en los ocho años que ha durado la película del Nobel de la Paz y es su actitud respecto al tiroteo indiscriminado de negros e hispanos inocentes por la policía y las fuerzas del orden. Las estadísticas de su mandato dan mucha pena y mucho asco. Obama no ha hecho mucho por paliar la situación aunque, eso sí, se ha indignado a menudo, en plan taxista. Qué podía hacer él, si sólo es el presidente de los Estados Unidos de América. No vayamos a pensar que la patria de la libertad sigue siendo la misma inmundicia racista que apoyó el apartheid en Sudáfrica, linchaba negros por deporte y firmó el genocidio de las tribus indias, uno de los mayores de la era contemporánea.

Obama lloró en su despedida y dijo que sí, que se podía. Todavía le estamos buscando el complemento directo al eslogan. Es normal que te eches a llorar, aunque no lo hagas por las víctimas de tu insensata y despiadada política exterior, ni por los millones de refugiados sirios y libios, ni por los niños ahogados en el Mediterráneo. Este es el mundo que nos has legado. Límpiate los zapatos de sangre al salir. De verdad te lo digo: Barack, vete a la mierda.