Artur Mas, traidor, confeso y mártir

Si desde fuera los vaivenes del proceso soberanista catalán son difíciles de entender, desde dentro resultan estrictamente incomprensibles. Este fin de semana un amigo británico le pedía a un amigo catalán que le explicara en pocas palabras cómo se había llegado a tener sentado en el banquillo al presidente de una comunidad autónoma y el amigo catalán le respondió con una sola palabra: banzai. Creí que iba a recurrir a una expresión catalana pero al final optó por una japonesa, una palabra que alude a una carga militar suicida y que significa literalmente “diez mil años”. Podía haber sido peor, podía haber dicho brexit.

Dudo mucho que Artur Mas pueda esperar diez milenios y los jueces tampoco están por la labor. Por eso han puesto en marcha un juicio cuyo leit-motiv central incluye la ley electoral, la unidad territorial, la Constitución Española, los diez mandamientos y la deriva de los continentes. Para la mayoría de magistrados, para los enemigos del independentismo, para muchos catalanes e incluso para algún independista, no cabe duda alguna de que el proceso, tal y como fue diseñado por Artur Mas y sus correligionarios, no va a ninguna parte excepto al choque de trenes. El choque de trenes o de testuces es una actividad lúdica en la que una o ambas partes suelen salir muy mal paradas pero, a cambio, resulta vistosa y da mucho juego en los tribunales. Para empezar, Artur Mas y las dos ex conselleras, Joana Ortega e Irene Girau, entraron con media hora de retraso a la sala, como si hubieran empezado la desconexión estatal separándose treinta minutos del meridiano de Greenwich.

Mas se consideró responsable total y absoluto de la consulta del 9-N y llevó su protagonismo al punto de formularse algunas preguntas retóricas en el estrado, por lo que el juez Barrientos tuvo que detenerlo antes de que Mas se vistiese la toga de abogado, se preguntase a sí mismo, se respondiese a sí mismo y luego le quitara la maza para condenarse a tres años de cárcel por desacato. Uno de los problemas de Mas es ese solipsismo sordo y ciego que lo ha guiado infatigablemente hasta la tierra prometida del banquillo y que le ha impedido ver que en la ansiada consulta democrática -que él mismo dice que fue un éxito- no participó ni un cuarenta por ciento del electorado. Lo cual no quiere decir que el sesenta por ciento restante piense que Cataluña no debe de ser un estado independiente sino que ni siquiera se tomó la molestia de pensarlo.

Muy posiblemente, lo que animó a Mas y a su equipo de demolición en seguir adelante con el proceso fue la escasa importancia que la justicia española da a la vulneración reiterada del espíritu y la letra de la ley por parte de algunos políticos. Por ejemplo, el apoyo explícito a delincuentes, la financiación ilegal de partidos, los paraísos fiscales, el espionaje a adversarios políticos, sin contar el incumplimiento flagrante de los artículos 1, 6, 9, 10, 13, 14, 15 y etc. de la Constitución Española. Hasta cierto punto era lógico que continuaran con la desconexión, aunque no cayeron en la cuenta de que estaban desactivando una bomba con todos los cables del mismo color. Le pregunté a mi amigo por la traducción exacta del término banzai al catalán y me respondió: escalivada.