Crónicas murcianas

Cuando Ray Bradbury publicó Crónicas marcianas en 1950, Marte estaba mucho más lejos de lo que está ahora. El hombre todavía no había llegado a la Luna y recién acababa de inventar la televisión. A los rusos les faltaban 7 años para lanzar el Sputnik y a Sardá 47 para limpiarse el culo con un título magistral de la literatura del pasado siglo. Marte para Bradbury era una posibilidad remotísima, aunque vivió lo suficiente como para ver, con el mismo asombro que cualquiera, las primeras imágenes enviadas por las sondas espaciales de la NASA. Cuando un periodista le preguntó qué pensaba de Marte, ahora que se sabe que no hay vida, Bradbury le contestó con una frase que estaba calcada del final de su libro: “Claro que hay vida en Marte. Nosotros somos los marcianos”.

Bradbury confesó una vez que había escrito Crónicas marcianas porque no podía quitarse de la cabeza a los pobres campesinos que retrató Steinbeck en Las uvas de la ira, aquellos miles de desgraciados a los que los bancos les habían robado todo e iban traqueteando en camiones por las carreteras polvorientas de California como si marcharan por los desiertos inhóspitos del planeta rojo. El libro perdería mucho de su encanto si Bradbury hubiese prescindido de los mecanismos de la ciencia-ficción, aunque habría supuesto una panzada de reír si en vez de en Marte lo hubiese ambientado en Murcia. En Murcia ocurren cosas muy raras, empezando por su presidente, quien se ha ido incorporando a la trama de corrupción urbanística con prudencia, como el que se mete a una piscina de mierda paso a paso, para que no salpique. Primero los tobillos, luego las rodillas, después la cintura, los sobacos, el cuello, y ahora, tras la imputación judicial, la marea negra ya le llega a la barbilla.

Por suerte, el PP es un partido con recursos que no se arredra ante el acoso judicial y Mariano ya ha pedido, con su calma habitual, respeto a la presunción de inocencia de Pedro Antonio Sánchez. El cual se encuentra a un solo paso de los mensajes de ánimo al estilo Luis Bárcenas y a dos de ingresar en la abigarrada cofradía de “esa persona de la que usted me habla”. Por supuesto, la inocencia está más que justificada apenas le echa uno un vistazo a las obras del Teatro-Auditorio de Puerto Lumbreras, puesto que semejante mazacote en construcción podría albergar cualquier cosa -un refugio nuclear, un criadero de cerdos o una nave industrial para albergar cebollinos- excepto un teatro o un auditorio.

Ciudadanos se ha apresurado a poner en marcha su particular código rojo exigiendo la dimisón inmediata de Sánchez, sin comprender aún el concepto de “imputado a medias”, siempre flexible en el PP pero mucho más en Murcia. Hace poco se publicó un anuncio en la sección de contactos de un periódico murciano que dice literalmente: “Señora de 70 años, casi viuda, desea conocer señor entre 70-75 años, con mismos deseos, aficiones, para pasar buenos momentos”. La imputación y la viudez son experiencias elásticas que hay que conocer paso a paso. Si es en Murcia, mejor que mejor. Nosotros somos los murcianos.