El kamikaze sueco a butano

Sacada de un documento oficial, creo que del pasaporte, la foto de Joakim Robin Berggren -el kamikaze sueco que robó un camión de bombonas de butano y se lanzó a una fuga desbocada por Barcelona- explica muchas cosas. Es una cara de velocidad, una cara en busca y captura que ya auguraba su correría suicida entre el tráfico. Parece que le hubieran tomado la foto en comisaría, junto a las huellas digitales, después de la barrabasada y no antes. Es muy probable que Berggren, tras contemplarse en esa foto, hubiera decicido resignarse y cumplir con el destino de delincuente escrito en ella. Lo de menos es la cabeza rapada, ese ovoide de violencia a punto de estallar; lo esencial es la mirada incendiaria, los ojos como faros, las mandíbulas en tensión y la boca torcida en un rictus de amenaza. Vic Mackey a punto de nieve.

Una cara como ésa no luce así por casualidad ni se fabrica en media hora. Hay que trabajársela a fondo y Bergreen ha conseguido la suya a base de una condena a tres años de prisión en su país por violencia doméstica y antecedentes por hurto, tráfico de drogas y conducción sin carné. Es un hombre concienzudo y, antes de subirse al camión de butano, ya había intentado robar una moto y hasta quiso parar, sin éxito, varios vehículos que circulaban por la avenida del Paralelo. El camión de butano se convirtió en su mejor opción cuando vio que el operario lo había dejado aparcado con las llaves puestas mientras iba a entregar unas bombonas. Es el problema del neoliberalismo y de ahorrar puestos de trabajo: antes había dos bomboneros por camión, varios empleados por gasolinera y todavía me acuerdo los tiempos en que en el autobús trabajaban un conductor y un cobrador. Lo raro es que no ocurran más desgracias.

Con los macabros precedentes de Niza y Berlín aún recientes en la memoria, ver un camión de butano lanzado a toda hostia en dirección contraria por la Avenida Litoral no era como para sentarse a disfrutar del espectáculo. Bergreen chocó con un taxi, un policía dio la voz de alarma y varios motoristas de los Mossos y de la Guardia Urbana lo persiguieron mientras las bombonas iban cayendo una detrás de otra. En un alarde de acrobacia, uno de los motoristas lo adelantó, abandonó la moto, se puso delante, le dio el alto y, como vio que no se detenía, disparó a las ruedas y se apartó de un salto. Al final pudieron frenarlo después de encasquetarle unos cuantos tiros en el motor y de que el camión chocara contra tres automóviles.

Es un milagro que, después de todo este jaleo, la historia se haya saldado sólo con tres heridos leves. Había muchas posibilidades de que, sentado al volante, en lugar de un sueco loco, estuviera un yihadista suicida dispuesto a llevarse media Barcelona por delante. Por fortuna -y porque la policía ha actuado con precisión de relojero- no ha sucedido así, de otro modo a ver cómo descubríamos la diferencia. No habría forma humana de identificar a Bergreen entre los trocitos del camión esparcidos por la calzada después de la explosión del butano. Aunque -como suele suceder en estos casos- el pasaporte tal vez habría quedado intacto. Lo único seguro es que la noche anterior a la movida tuvo que ser apoteósica: Bergreen se pulió veinte mil euros en drogas, mujeres y alcohol convidando a unos compatriotas. Como decía George Best, el resto lo derrochó.