Haberos casado con una infanta

Montaigne escribió que por muy alto que se sentara un rey siempre tendría que sentarse sobre su propio culo. El problema, claro está, no es del culo sino de quienes hacemos de silla. El trasero de un monarca es amplio y majestuoso, ocupa hectáreas y más hectáreas de principados, infantazgos, chambelantes y meninas, y, la verdad, pesa mucho. Con el paso de los siglos, acaba por fatigar las costillas de sus súbditos, quienes, al cansarse, deciden poner el culo al régimen o afeitarlo directamente a la altura del gaznate. Excepto en España, donde somos muy machos y aguantamos lo que nos echen. Aquí siempre hay sitio para que trepe un cortesano más a nuestra chepa. Aquí se sienta hasta el yerno.

Urdangarín no es que se haya sentado: es que se ha repantigado en la espalda de todos los españoles -que por algo estamos acostumbrados a hacer la sillita la reina- y luego se ha estirado a lo largo y a lo ancho, dejando los pies en Baleares y la cabeza en Suiza. En Suiza, nada menos, patria del chocolate, de los relojes de cuco y del dinero negro. Hay muchas puntualizaciones y tecnicismos legales que justifican la acción de las tres juezas, empezando por la excusa de la pésima instrucción del fiscal Horrach y sus reiteradas críticas hacia el auto del juez Castro. Sin embargo, los hechos mondos y lirondos son que el yerno y sus mariachis se han llevado una tonelada de dinero crudo y, de momento, el yerno se va a su casa sin fianza y de rositas. La explicación más simple para todo lo que ha pasado (la estafa monumental, Urdangarín, la infanta, Horrach, las tres juezas) se resume en dos palabras, las mismas que contestan a la inquietante pregunta de por qué los perros se lamen los cojones. Porque pueden.

El símil se entiende mucho mejor si advertimos que, el mismo día que se hacía pública esta elegante decisión judicial, nos enteramos de que el fiscal superior de Murcia -que fue relevado de su puesto este miércoles después de molestar al señor presidente de la Comunidad por un quítame allá esas corruptelas- ha denunciado en la radio haber sufrido intimidaciones en el desempeño de su labor. La historia llegó hasta el punto de que, un buen día, unos ladrones entraron en su casa y le robaron un ordenador trufado de información sensible, aunque luego no se llevaron ni un duro. En esto, como en tantas otras cosas, el PP está imitando sutilmente los métodos de Pablo Escobar, que cuando le estorbaba un juez, lo cambiaba por otro -o le alquilaba una parcela en el cementerio- y cuando las pruebas formaban ya una montaña irrefutable de condena, hacía una pila con ellas y las quemaba en el Palacio de Justicia con ayuda de unos colaboradores. PP o plomo.

Puesto que la mejor manera de tapar una montaña de mierda, es levantar otra montaña de mierda al lado, el PP ha contraprogramado las crónicas murcianas con la sentencia del caso de las tarjetas black, donde Rato y Blesa han sido condenados respectivamente a cuatro años y medio y seis años de cárcel. Han tenido suerte, porque si en vez de hacer apropiación indebida de un montón de dinero, hubieran hecho además apropiación indebida de una bicicleta, les hubieran caído siete y medio y nueve. El día de ayer fue de lo más fructífero en cuestiones legales, ya que se completó con la condena a un rapero por cantar chorradas y a un tuitero lerdo por hacer chistes idiotas. Y luego dicen que la justicia no funciona.

Para que no se nos olvide, todo esto ha sucedido además, queridos niños y queridas niñas, en el aniversario del 23-F. Montaigne también escribió que había que obedecer las leyes no porque sean justas sino porque son leyes, una solemne gilipollez desmentida una y otra vez a lo largo de varios siglos de lucha de clases y de conflictos raciales. Ahora nos queda preguntarnos si Blesa y Rato también cumplirán la condena en Suiza. A lo mejor no, pero que se hubieran casado con una infanta.