El adverbio en Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa escribió, en el prólogo a los Cuentos Completos de Julio Cortázar, que el cambio que sufrió el escritor argentino a comienzos de los sesenta fue “el más extraordinario que me haya tocado ver nunca en ser alguno”. Probablemente se refería a la barba, porque en cuestiones ideológicas poco tiene que hacer el giro de Cortázar de la torre de marfil al comunismo con el bandazo espectacular del propio Vargas Llosa desde el comunismo hasta la derecha pura y dura. Sí, es muy difícil que se refiriese al súbito entusiasmo de Cortázar por la revolución cubana, cuando él mismo fue uno de los factores determinantes de su conversión, tal y como documenta Miguel Dalmau en la página 342 de su magnífica biografía Julio Cortázar: “Yo estaba tan entusiasmado con Cuba que le repetía: Tienes que ir, Julio, es una experiencia formidable, es otra cosa. Y aceptó y fue”.

De todas maneras, el salto mortal sin red y sin pasar por ningún término medio que realizó Vargas Llosa en su madurez no es ninguna novedad en el ecosistema de la literatura hispánica. También lo dieron, entre muchos otros, Federico Jiménez Losantos, César Alonso de los Ríos o Pío Moa, aunque también es verdad que la diferencia entre el peruano y esos tres juntaletras es la que va de un premio Nobel a una cajetilla de Nobel. Vargas Llosa ha escrito algunas de las novelas más perfectas de la literatura del pasado siglo, lo que no quita para que de vez en cuando meta la pata como todo hijo de vecino. La última metedura, en una entrevista en ABC, es probablemente la más gorda de toda su carrera. Se ha atrevido a comparar el acoso y las burlas en las redes sociales contra algunos periodistas por parte de dirigentes y simpatizantes de Podemos con las amenazas, los tiros en la nuca y las bombas-lapa de ETA. La frase literal es ésta: “Desde la Transición no había habido nada semejante, salvo quizá los crímenes de ETA”. Quizá. El adverbio es de los que marcan época.

José María Portell Manos, director de Hoja del Lunes de Bilbao; José Luis López de la Calle, colaborador de El Mundo; Santiago Oleaga Elejabarrieta, director financiero del Diario Vasco; Javier Ibarra y Bergé, consejero delegado de El Correo Español-El Pueblo Vasco; todos ellos fueron asesinados por ETA. Muchos otros se libraron de milagro, aunque en el fatídico historial de la banda hay varios periodistas heridos de bala y otros amputados por explosiones, sin contar docenas de paquetes y sobres bomba desactivados antes de que estallaran, y hasta cajas de puros con explosivos. Todavía estamos a la espera de conocer los nombres de los periodistas tiroteados por el entorno podemita o de que la policía haga pública la noticia de las veces que han tenido que desactivar una bomba enviada a una redacción, colocada en un coche o en un domicilio.

En mi experiencia personal, después de casi cinco años en Público y unos diez en El Mundo, no he sufrido más acoso por parte de un político que una llamada telefónica de Ana Botella, quien me dijo que debería informarme primero antes de acusarla de nada, aunque yo no la había acusado de nada y todavía no estoy seguro de si era realmente Ana Botella o su marioneta de Los Guiñoles. También recuerdo el reproche de un alcalde o un concejal del PSOE, del que me reí un buen rato en una columna por haber escrito en un folleto de propaganda que Galileo había demostrado que la Tierra era redonda. Por lo demás fui colaborador ocasional en diversas tertulias de Intereconomía hasta el día en que protesté, en vivo y en directo, por un video sobre los atentados del 11-M donde sugerían la implicación de ETA. No volvieron a llamarme más, pero presión, lo que se dice presión, jamás he recibido ninguna.

Un día, al poco de empezar este blog, escribí Terror en el supermercado, una visión sarcástica que criticaba el asalto de un Mercadona por parte del S.A.T. y acto seguido me cayó encima un centenar de comentarios que iban de la indignación al asco y que pedían, entre otras cosas, mi dimisión y mi cabeza. Pero, igual que a los elogios, tampoco les hice mucho caso. Sé que la cólera o el fervor del público va con el oficio, el que uno intenta ejercer del mejor modo posible, al estilo de aquel torero que, cuando le preguntaron qué tal le había ido en la plaza, contestó: “Verá, hay división de opiniones: unos se cagan en mi padre y otros en mi madre”. Sin embargo, comparar este chorreo de insultos, imprecaciones, paridas e incluso amenazas de unos cuantos espontáneos (anónimos o de los otros) que, debidamente amparados en la libertad de expresión, casi todos los periodistas recibimos a diario por nuestro trabajo, comparar esa ducha de palabras con el miedo a mirar en el buzón o a que te peguen un tiro en la nuca, me parece una frivolidad de tal calibre que no creo que merezca la pena mayor comentario.