Señora Aguirre, ¿ordenó usted la trama?

De una mujer que ha sobrevivido a un ataque terrorista en Bombay, ha salido ilesa de un accidente de helicóptero y ha vencido a un cáncer, esperábamos algo más que el victimismo, el no me consta y el yo no me enteraba de nada. Es como ver a Terminator pidiendo suelto para la ferretería. A su lado iban cayendo camaradas de partido uno detrás de otro, Matas, Rato, Granados, López Viejo, y en las promociones a dedo con que cubría el organigrama del PP madrileño ya se han descubierto nada menos que 23 imputados calentitos. El curriculum de Aguirre da para varios tomos de la Historia universal de la infamia, pero, de escribirlo ella misma, se iba a quedar en un chotis y un diagnóstico de amnesia repentina. Veamos unos cuantos capítulos sonados.

Un día confesó que había veces que no llega a fin de mes y que iba a comprar ropa en almacenes de baratillo, eso a pesar de que vive en un palacete y disfruta de un patrimonio estratosférico. En su etapa de presidenta de la Comunidad de Madrid despilfarró 220 millones de euros en publicidad en tan sólo 3 años, y por si fuera poco, llenó Telemadrid hasta los topes de lameculos y cortesanos. Mientras tanto fantaseaba con una purga de arquitectos o reventaba la definición canónica de populismo colocando un sofá en la Puerta del Sol donde el pueblo, uno a uno, pudiera ir a hacerse una foto con ella. Declaró solemnemente que abandonaría la política pero no pudo conseguir que la política la abandonara a ella. Aparcó en doble fila en la Gran Via, atropelló la moto de un agente de movilidad y aceleró por las calles de Madrid como el Vaquilla pero finalmente ha ido a atrincherarse en el papel de infanta.

Con un plantel de secundarios que parece extraído de una película de Scorsese, creíamos que Aguirre iba a ser la primera en utilizar una línea de defensa distinta a la de “yo no sé ni por dónde me da el aire, señor juez”, pero parece que no. Una lástima porque la lideresa, acostumbrada a fumar puros al aire libre, bajo el punto de mira de cientos de periodistas entrenados para husmear sus trapos sucios, parecía la única capaz de emular a Jack Nicholson en el papel del coronel Nathan Jessep en Algunos hombres buenos:

-¿Manejaba usted la trama de corrupción en la Comunidad de Madrid?

-No está obligada a responder a esa pregunta.

-Responderé a la pregunta. ¿Quieres respuestas?

-Quiero la verdad.

-Tú no puedes encajar la verdad. Vivimos en un mundo que tiene cargos y esos cargos tienen que estar ocupados por hombres corruptos. ¿Quién va a hacerlo? ¿Tú? Yo tengo una responsabilidad mayor de la que tú puedas calibrar jamás. Tú lloras por los servicios públicos perdidos y maldices a los corruptos. Tienes ese lujo. Tienes el lujo de no saber lo que yo sé, que la destrucción de los servicios públicos, aunque trágica, proporcionó votos, y que mi existencia, aunque grotesca e incomprensible para ti, proporciona votos. Tú no quieres la verdad porque en zonas de tu interior de las que no charlas con tus amiguetes me quieres en ese cargo, me necesitas en ese cargo. Nosotros usamos palabras como “donación”, “sobre”, “mamandurria”; las usamos como columna vertebral de una vida dedicada a defender algo, tú las usas como gag. Y no tengo ni el tiempo ni las ganas de explicarme ante un hombre que se acuesta bajo la manta del neoliberalismo que yo le proporciono y después cuestiona el modo en que se lo proporciono. Preferirías que sólo dijeras “gracias” y siguieras tu camino. De lo contrario, te sugiero que te presentes a las elecciones y consigas un cargo. De todos modos, me importa un carajo a que creas tú que tienes derecho.

-Señora Aguirre, ¿ordenó usted la trama de corrupción?

-Yo hice el trabajo que me encargasteis.

-¿Ordenó usted la trama?

-Hijito, que no estamos en el cine.