Holanda la land y la Europa nazi

En Europa el nazismo está de rebajas. Hace sólo unos años vestir una ideología racista o hablar de seres inferiores le podía salir carísimo a un político. Ahora, en cambio, sale gratis y encima proporciona un colchón de votos. Los neonazis por fin han salido del armario y lo mismo van a una manifestación ondeando esvásticas que se presentan a unas elecciones. Como en tantas otras cosas, España ha sido una vez más pionera en la normalización de la mierda: aquí hay bares abiertos donde se venden botellas de vino con la cara del Führer, concejales del PP que se disfrazan en carnaval con uniformes de la Gestapo, agrupaciones de ultraderecha que fomentan el odio al inmigrante y reuniones de homínidos de Jóvenes Generaciones haciendo el saludo hitleriano tras la bandera del aguilucho. Por haber, hasta hay bandas de neonazis en Murcia que se dedican a pegar palizas.

El último nazi de la vieja escuela en salir a la luz, Oskar Gröning, tiene casi cien años, pero sigue siendo un ejemplo para los alevines. Gröning siempre ha dicho que él sólo era contable en Auschwitz y que nunca había matado a nadie, un poco al estilo de Schlemmer (el secretario de James Cagney en Uno, dos, tres), que no se enteró de nada durante la guerra porque trabajaba en el metro. Después, cuando se descubrió que había militado en las SS, Schlemmer se excusó diciendo que era repostero y además un malísimo repostero. La avanzada edad de Gröning subraya lo acuciante del problema: los viejos nazis pata negra están a un paso de la extinción y necesitan urgentemente un reemplazo.

Renovarse o morir. El neonazi, al contrario que sus abuelos, no puede ir por ahí presumiendo de antisemitismo, más que nada porque el antisemitismo, hoy en día, con seis millones de muertos a la espalda, está un poco feo. En cambio, la islamofobia sirve para cualquier ocasión, combina con cualquier vestuario de derechas y cuenta con un amplio respaldo popular. Las mismas chorradas que se dijeron en los años 30 sobre los judíos -sostenidas por lecturas sesgadas de la Biblia y documentos falsificados como Los protocolos de los sabios de Sión– se dicen ahora sobre los musulmanes en bloque, a saber, que desprecian la vida humana, que son incapaces de convivir en paz con otros pueblos y que tienen un plan para conquistar el mundo.

La oferta ideológica del nazismo ha llegado a tal extremo de que los europeos nos alegramos mucho porque un botarate holandés haya perdido las elecciones, cuando lo lógico es que el botarate, en una Europa con un dedo de frente, hubiera perdido hasta la nacionalidad. Geert Wilders, el botarate en cuestión, ha afirmado cosas tales como que hay demasiada chusma marroquí en Holanda o que el Corán es un libro fascista. Aplicar baremos del siglo XX a un texto del siglo VII es una muestra del nivel intelectual de esta lumbrera, quien remató la faena al decir, en medio de un debate electoral, que Mahoma era un pedófilo, como si acostarse con una niña no fuese de lo más común en aquella época, en buena parte del siglo XIX e incluso del XX si andan por medio sacerdotes católicos. Llamar populismo al fascismo es una de las confusiones típicas de nuestros tiempos, como lo es también la metonimia, es decir, tomar a todos los musulmanes por terroristas o a todos los holandeses por gilipollas.