Cortar rabos

Habitualmente en el Congreso de los Diputados no se discute de gente tan importante como los perros, pero la semana pasada fue una excepción. El diputado murciano del PP, Francisco Bernabé, subió a la tribuna para defender la amputación del rabo en los perros de caza y otras razas grandes por el peligro que tiene para sus dueños, que sufren el azote inmisericorde de los rabos descontrolados. Al parecer hay cazadores que se han quedado cojos y paralíticos después de que una jauría de pointers los fustigara a gusto.

Es difícil explicarle a una de estas criaturas elementales (me refiero al diputado, no al perro) las muchas y variadas razones por las que no hay que amputar ninguna parte de ningún animal. Tendría que subir a la tribuna un perro a explicárselo y no es fácil que eso ocurra, aunque al Congreso de los Diputados han subido mamíferos mucho menos evolucionados que un bull-dog e incluso una vez se subió un guardia civil con bigote. El coronel Tejero se expresaba a base de balazos y gritos de “se sienten, coño” y un perro se expresa a base de ladridos y coletazos. Cualquiera con un mínimo de sensibilidad habrá comprobado la explosión de alegría de un perro al abrir la puerta de casa y verlo dar saltos y menear el rabo en varias órbitas contradictorias.

En un perro el rabo no está de adorno, no sólo es uno de sus principales órganos de comunicación, sino también una pieza fundamental de su equilibrio. Para el PP, en cambio, el rabo es un símbolo, un símbolo de la libertad de expresión del perro y de nuestra lucha por los derechos sociales. A ellos les gustan los rabos cortos, inexistentes, los rabos sumisos, los que se guardan entre las patas y se arrastran tristes por el suelo, no los rabos que se alzan desafiantes, los que giran enfurecidos o los que les hacen una peineta. Por eso cortar rabos (y cuerdas vocales) es una de sus aficiones favoritas, ya sea en la universidad, en los periódicos, en las redes sociales o en la puta calle.

En este país a los sindicatos no sólo les cortaron el rabo dos centímetros por dentro del culo sino que les afeitaron los conductos bucales y desde hace años no ladran ni por señas, como aquel perro del que hablaba Gila, que durante la dictadura de Franco en vez de ladrar hacía con la pata el gesto de ir a darte una azotaina. De ahí que sea tan importante la momentánea victoria de los estibadores, que están luchando por defender sus derechos, sus horarios de trabajo, su sueldo, cuando apenas queda un colectivo en España capaz de organizarse y plantar cara al saqueo neoliberal, aparte de los controladores aéreos. Probablemente, lo que más les jode a esta gente tan propensa a la mutilación, al recorte y a la tijera es esta verdad universal expresada en La dama y el vagabundo: “En toda la historia del mundo hay una sola cosa que el dinero no ha podido comprar jamás y es el movimiento de la cola de un perro”.