Se acabó la colecta

A Pedro Sánchez le han cerrado el chiringuito. Se acabó lo de ir con la hucha por ahí, recaudando fondos para enfrentarse al aparato del partido. El presidente del Tribunal de Cuentas, Ramón Álvarez de Miranda, le ha dado la razón a la gestora, que es la que corta el bacalao de verdad en el PSOE, igual que en una comunidad de vecinos no pintan una mierda ni el presidente ni el tesorero ni mucho menos los vecinos, sino la señora que organiza el papeleo. La verdad es que el nombre de su plataforma de crowdfunding, Bancal de rosas, pintaba mal, muy mal.

Al parecer, hay unas normas que prohiben la financiación anónima de los partidos políticos. Quién iba a decirlo. Lo recordó nada menos que Rafael Hernando, quien de estas cosas sabe un montón, puesto que su partido jamás se ha financiado de forma anónima. Fundaciones de goma espuma, sobres de dinero negro, pagos en B, pagos en C, empresarios generosos, parquímetros apañados, restaurantes alquilados, cuentas opacas en paraísos fiscales, bancos suizos… Vale, de eso lo que quieran. Pero del PP se sabe el nombre de hasta el último mono que ha dado donativos para sus campañas políticas y sus obras de caridad. Financiación ilegal, sí, pero con copyright. En Génova no levantan un monumento al donante desconocido porque ya lo conocemos todos.

De manera que Pedro Sánchez tiene que luchar contra viento y marea, contra el Politburó de Ferraz al completo, contra el felipismo, contra el guerrismo, contra los santos barones de Castilla, contra el U2 de Bono, contra el zapaterismo, contra el chaconismo, contra La Razón, contra el ABC, contra Rubalcaba y contra Perico de los Palotes. La distribución de fuerzas entre Sánchez y Díaz recuerda el combate mitológico entre David y Goliath, aunque esta vez el árbitro ha decidido que no valdrá usar piedras.

Nos cae simpático Sánchez por su condición de ídolo caído, de candidato zarraspatroso al que todos pisotean y no hace caso nadie. Es como James Stewart en Qué bello es vivir, buscando pasta desesperadamente mientras los poderosos se carcajean, hasta que un ángel rebobina la película y le enseña que cuando él tuvo la sartén por el mango hizo exactamente lo mismo que Susana está haciendo ahora: el caldo gordo a los banqueros. Eso es lo que convierte la tragedia de Sánchez en algo realmente memorable: no sólo está intentando reformarse sino que pretende derrotarse a sí mismo. Es una historia con moraleja.

En su odisea de la hucha, el antiguo secretario general había conseguido recaudar casi cien mil euros, una cantidad respetable aunque pequeña al lado del cuarto de millón de euros que había estafado Paco Sanz, el enfermo imaginario, a toda una comunidad de amables ingenuos que creía que se estaba muriendo del síndrome de Cowden. Calvo, ojeroso, compungido, Paco Sanz llevaba años y años fingiendo ante las cámaras una enfermedad mortal y ahora se ha descubierto, gracias al making-of, que se descojonaba vivo de la gente que lo estaba ayudando a intentar pagarse un tratamiento en el extranjero. Muertas de la risa, su madre y su novia también comentaban las mejores jugadas, mofándose de los pobres incautos a los que ordeñaban y de los auténticos enfermos a quienes la mala suerte y una sanidad saqueada de arriba abajo han dejado en la estacada. No tiene nada que ver una colecta con la otra, excepto el procedimiento empleado y la irrefrenable generosidad de miles de españoles que no miran a la hora de intentar echar una mano en la desgracia. Quizá porque la buena gente casi siempre es anónima.