Pensamiento, palabra, obra y omisión

Creo que fue gracias al catecismo donde me enteré que yo era un pecador a tiempo completo. Allí descubrí, quizá demasiado joven para que me sirviera de algo, que se podía pecar de pensamiento, palabra, obra y omisión. Yo pecaba todos los días, casi a cualquier hora: pecaba hasta durmiendo. La gradación pecaminosa, sin embargo, resultaba de lo más extraña. El cura que intentaba desentrañar estas delicadas cuestiones teológicas en clase de religión hacía gala de una paciencia de santo, una suerte para él y para nosotros. Le preguntábamos, por ejemplo, si era lo mismo matar a alguien que desear la muerte de alguien. No, respondía él, no era lo mismo, pero ambos eran pecados bien feos que atentaban contra el quinto mandamiento.

Yo, que a los siete años iba para teólogo, puntualizaba si desear la muerte de alguien no era una violación flagrante del noveno mandamiento (“no consentirás pensamientos ni deseos impuros”) y el santo varón, mirando hacia lo alto, decía que sí, que yo tenía razón en parte, pero que era evidente que el acto de matar era mucho más grave que el pensamiento de matar. ¿Significaba eso -replicaba yo- que el quinto mandamiento era más importante que el noveno y, por tanto, que había mandamientos de segunda división? Además, había que tener en cuenta que, para cometer un asesinato, un robo o cualquier otro pecado, primero había que pensarlo, aunque fuese un momento antes.

El caso es que llegó un momento, en aquella alambicada discusión técnica, en que alguien preguntó si se podía realizar un pecado que infringiera simultáneamente las cuatro categorías: pensamiento, palabra, obra y omisión. Por la cara que puso el sacerdote, mientras se masajeaba las sienes, pudimos observar que hasta ese momento, quizá, no se le había ocurrido, pero que estaba a punto de cometerlo. Creo que llegó a jurar algo en voz alta pero se arrepintió en el último momento, con lo cual no pudo infringir más que tres. Sin embargo The Guardian publicó hace unos días una noticia que podría haber servido de ejemplo: una empleada del hogar colgada de una ventana, pidiendo ayuda a gritos, y otra mujer, su jefa, que en vez de socorrerla, coge la cámara de video, graba su desesperación y, cuando la mujer se suelta, se acerca hasta la ventana para no perderse el momento en que se estampa contra lo que parece ser un tejado metálico.

El pensamiento y la omisión están en primer plano; la palabra se certifica en la frase que dijo la buena señora mientras sostenía la cámara: “Dios, estás loca, vuelve aquí”. Como si su empleada fuese Spiderwoman que hubiese salido a limpiar los ventanales con la ayuda de sus poderes arácnidos. La obra vino cuando la señora colgó el video en youtube, a ver si conseguía un montón de aplausos con su versión del Coyote cayendo por un precipicio y coronado por una nubecilla de humo. Por pura chiripa, la mujer sólo se rompió un brazo. Salvo el macabro detalle de filmar el accidente y colgarlo a la vista del público -un detalle que revela tanta estupidez como psicopatía-, la actitud de esta señora no es muy distinta de la de los europeos que cada día nos levantamos ante un montón de cadáveres arrastrados por la marea de la guerra y ahogados en el Mediterráneo.