Trump a trumpadas

Cuenta Alfonso Aguado en su libro Trump, un chiste de presidente (un volumen tan hilarante, demencial y peligroso como su propio objeto de estudio) que la carrera de triunfador del futuro magnate empezó en el momento en que salió disparado del cojón derecho de su padre. Ganar una carrera microscópica con millones de participantes es mucho más difícil que llegar a presidente de los Estados Unidos, una labor para la que Donald Trump viene preparándose desde sus tiempos de espermatozoide. Que sea capaz de cualquier cosa con tal de conseguir sus propósitos -mentiras, codazos, trumpadas, trampas- era algo que ya sabíamos. Lo que desconocemos, como siempre con Trump, es el propósito.

Sin embargo, utilizar un ataque con armas químicas -de cuya autoría todavía no se sabe nada a ciencia cierta- como excusa para lanzar de forma unilateral y sin ningún tipo de respaldo internacional ni autorización de la ONU una acción de represalia con misiles Tomahawk, es el típico comportamiento de matón planetario habitual en la política exterior estadounidense. Sorprende, la verdad, porque Trump se ha cargado de un golpe el intento de aproximación que mantenía hacia Rusia, ese proyecto de “guerra contra el terrorismo” que supuestamente había proyectado junto a Putin. El bombardeo norteamericano contradice además los virulentos consejos con que el propio Trump advertía a Obama en septiembre de 2013 para disuadirle de un ataque en Siria: “Un ataque a Siria no traerá más que problemas a Estados Unidos”.

En aquellos tiempos Trump no era más que un bufón chillando para que le hicieran caso; ahora, tras vestirse la toga presidencial, ha madurado mucho. “Mi actitud hacia Siria ha cambiado” dijo para justificar el brusco golpe de timón: “Me gusta pensar que soy una persona flexible”. Tanto como un espermetazoide de camino al óvulo. Este cambio de actitud ha colocado al Hair Force One en la línea de la clásica política exterior americana, el palo sin zanahoria, una táctica paleolítica que a corto plazo va a solucionar -o al menos a aplazar- muchos de sus problemas internos y de las críticas contra su gobierno, puesto que nada le gusta más al honrado pueblo estadounidense que un buen villano y una buena guerra. Como Sadam Hussein, como Gadafi, el eterno presidente sirio, Bashar al-Asad, cumple todos los requisitos. Pero aun fallándole Asad, Trump cuenta con la baza de Kim Jong-un para solucionar la papeleta. Será por villanos.

Ni la verdad ni las ochenta víctimas mortales del ataque químico, niños incluidos, le importan a Trump un carajo. Si le importaran las vidas humanas en lugar de su juego de bolos, haría algo más por los cientos y cientos de civiles que el Daesh está ejecutando diariamente en Mosul, una batalla de la que los medios oficiales apenas dan información porque queda feo y de la que está siendo testigo presencial nuestro compañero de Público, Alberto Sicilia. El lunes 10, durante una conferencia oficial, Sean Spicer, Secretario de Prensa de la Casa Blanca, se le escapó una marianada y dijo que el objetivo de EE UU era desestabilizar Siria. El lapsus freudiano fue tan notorio y tan enorme que el buen hombre ni siquiera pudo arreglarlo cuando explicó que no, que su objetivo era desestabilizar el conflicto. Al día siguiente, martes, Spicer incurrió en un Godwin de libro con la afirmación de que Asad era “peor que Hitler” porque ni siquiera Hitler había caído tan bajo de usar armas químicas durante una guerra, como si en Auschwitz mataran judíos a sustitos y como si lo que el ejército estadounidense lanzó en Vietnam sobre la población civil fuese zumo de naranja. Trump sufrió otro traspies mental cuando anticipó el atentado de Estocolmo con un mes de adelanto. Es lo bueno de contar con unos servicios de inteligencia tan eficaces que hasta un espermatozoide pueda manejarlos.