Último tongo en París

Hay diversas películas que profetizan las elecciones presidenciales en Francia pero ya las hemos visto todas. Tan vistas están que la candidata del Frente Nacional, Marine Le Pen, ha cogido un discurso del candidato republicano, Francois Fillon, y lo ha vendido como propio. Casi nadie se ha dado cuenta. Al fin y al cabo, Le Pen es una fotocopia. Empezó plagiando a su padre, luego a Donald Trump, ahora a Fillon y el domingo puede acabar como Juana de Arco. Se presenta como la receptora de las esencias patrias, un anuncio de perfume francés, publicidad rubia y chic para hacer frente al chucrut alemán de la Europa de Merkel.

En el neofascismo del siglo XXI el antisemitismo ya no vende y hay que reciclarlo por la islamofobia; fue una de las muchas razones por las que el patriarca, Jean Marie Le Pen, acabó en el desagüe. Por la misma razón, en un oportuno cambio de imagen, el vicepresidente de la formación y verdadero cerebro del FN, Florian Philipott, salió del armario gracias a una foto en la que se lo veía paseando por Viena de la mano de otro hombre. Seis millones de franceses han aprovechado también para salir del armario facha, el armario del racismo, del odio al inmigrante y del asco a las élites. Tiene gracia que Le Pen -una niña de papá de los pies hasta el último pelo del moño- acuse a Emmanuel Macron de pertenecer a la casta y se anuncie a sí misma como candidata del pueblo, pero así ha sido el tocomocho desde los tiempos de Mussolini. Con Trump funcionó y con Le Pen está funcionando mucho mejor de lo que quisiéramos.

Macron es un Albert Rivera corregido y aumentado, porno blando con ínfulas neoliberales para ir de peregrinación a los cines de Perpignan. Que por algo se llama Emmanuel. Su amplia ventaja en los sondeos no significa gran cosa desde que hemos aprendido, a fuerza de batacazos, que los sondeos suelen terminar en un tacto rectal. También Clinton iba a comerse el mundo y Trump la destronó sin despeinarse. Quienes piensan, por culpa de los periódicos, que Le Pen no tiene ninguna posiblidad harían bien en repasar el modo en que la prensa vendió la piel del oso antes de cazarlo, en Colombia, en Gran Bretaña y en Estados Unidos, osos todos ellos lo bastante gordos como para liarla parda.

En realidad, aunque se quedara a las puertas del Elíseo, Le Pen ya habrá llegado demasiado lejos. En una Europa que en el siglo XX y en lo que va del XXI ha pasado, y de qué manera, por todas las estaciones del racismo, la xenofobia ya ha revelado su verdadero rostro: viene impreso en billetes. Unos cuantos años más de recortes, de penurias, de cuesta abajo y de postureo económico, abriéndose de piernas ante la banca al estilo Emmanuel, podrían dejarle a huevo el sillón presidencial. La tostada siempre cae del lado de la mantequilla y con la mantequilla van a untarnos el último tongo en París.