Once millones

Uno de los corolarios de la Ley de Murphy advierte que no es que la Historia se repita sino que los historiadores se copian unos a otros. Pero a veces las páginas de los acontecimientos no sólo vienen calcadas, sino corregidas y aumentadas, tanto que da hasta escalofríos mirar las notas al pie. En mayo de 2002, Francia se libró de la pesadilla de una victoria del Frente Nacional merced a una inesperada alianza de fuerzas políticas de izquierda y de derecha. Los franceses se resignaron a un nuevo mandato de Jacques Chirac con tal de no ver en el Elíseo a Jean-Marie Le Pen, un botarate neonazi, xenófobo y antisemita, si les sirve el doble pleonasmo. En la primera vuelta, contra todo pronóstico, Le Pen se impuso al candidato socialista, Lionel Jospin, y en la segunda muchos de los votantes de Jospin se dirigieron a las urnas con una pinza en la nariz para elegir lo que consideraban, no sin razón, el mal menor. En algunos colegios electorales, y no es coña, pusieron a la salida cabinas de desinfección.

Las ruedas de la política han girado quince años para dejar a los franceses en una situación más o menos similar, sólo que peor, del mismo modo que esos guionistas que tienen que aumentar las apuestas la segunda temporada. Chirac llevaba mucho tiempo fuera de juego por un feo asunto de desvío de fondos públicos durante su etapa como alcalde de París que le valió una condena simbólica de dos años de cárcel: lo que se llama en lenguaje taurino “salir por la puerta grande”, al estilo del PP en Madrid. Mientras tanto, Hollande se dedicó a destrozar el socialismo y a fomentar su carrera de gigoló. Contra todo pronóstico, ha llegado para sustituirlo Emmanuel Macron, un tecnócrata de la política, neurólogo, pianista a ratos libres, titulado en Filosofía con una tesis sobre Hegel y socio de la Banca Rothschild que dejó la cartera de Economía hace menos de un año para fundar un nuevo proyecto político: En Marche! La dejó tiritando.

Su admirado Hegel dijo que todo lo real es racional, aunque muchas veces no lo parece. Para contradecir a Hegel una vez más, el otro protagonista de las pasadas elecciones ha sido la hija de Jean-Marie, Marine Le Pen, una versión matizada y suavizada de su padre, lo cual quiere decir más peligrosa y más eficaz. Aunque ha vuelto a perder igual que Le Pen 1, para corroborar la tradición familiar, Le Pen 2 ha sacado un 35% de votos, más del doble de lo que consiguiera el Frente Nacional en 2002. Un partido que parecía folklórico, obsoleto y residual hace sólo unos años en el panorama político europeo se ha convertido en la segunda fuerza política de Francia. Es lógico que Le Pen celebrara la derrota de ayer como un triunfo o, mejor dicho, como un peldaño más en su camino hacia la cumbre. Ya ha anunciado que va a renovar otra vez lo que ella llama “el movimiento soberanista” de arriba abajo, como la serpiente que muda de piel.

A su efervescente ascenso ha contribuido, y no poco, la disparatada apuesta de Jean-Luc Mélenchon, quien prefirió llamar a su electorado a la abstención en lugar de hacer frente común contra el fascismo. Disculpen que no use esa cacareada expresión de “populismo”, pero al fascismo, cuando da la cara, es mejor llamarlo por su nombre. Mélenchon se considera ahora, a toro pasado, la segunda fuerza política de Francia porque dice que la abstención y el voto nulo han ganado al Frente Nacional. Hace mal en reclamar esos votos, ya que en la mayoría de las papeletas inválidas no ponía “gilipollas” ni “tonto del culo” en francés. El tradicional Vive la France hay que entonarlo con sordina y ma non troppo, puesto que el monstruo de la ultraderecha está más fuerte y en forma que nunca. De momento, muchos se acostaron ayer con alegría, otros con alivio y casi todos con el aliento de más de once millones de votos a favor del fascismo en la nuca. El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, pero la tercera vez también se puede caer de boca. Me alegro por esos amigos franceses que soñaron que Le Monde, la portada de hoy lunes, iba a ser La Monda.