Mierdoscopia

Las últimas encuestas dan ganador otra vez al PP de don Mariano por una ventaja considerable. Eso en medio de un país con un índice de paro insostenible, con contratos de trabajo firmados en billetes de metro, con una sanidad pública en estado de coma, un programa educativo en descomposición, una economía tomada al asalto por la banca y una gestión pública resumida en varias causas abiertas en los juzgados. El panorama es inmejorable, como se ve: no hay quien lo mejore. Sobre todo, teniendo en cuenta el apoyo inconmovible de la ciudadanía hacia una banda de cuatreros que ha saqueado el país de arriba abajo, de Valencia a Madrid y de Galicia a Baleares, con paradas en Suiza, Delaware y Panamá.

La situación recuerda, y no poco, a ese terrorífico juego para adolescentes deprimidos denominado “Ballena azul”, una concatenación de pruebas en la que los participantes comienzan contemplando en solitario maratones de películas de terror, continúan infligiéndose lesiones y mutilaciones, y finalmente se suicidan para cumplir el reto. La historia, como siempre en estos casos, se ha exagerado mucho gracias a la viralidad y a la difusión descontrolada de noticias sin la menor base real. De hecho, según la OCDE, las tasas de suicidio juvenil en los países occidentales han descendido sensiblemente en las últimas décadas. Pero el reto de la “Ballena Azul” no es nada al lado de la apuesta política de la “Gaviota azul”, un desafío político que consiste en ir amputando derechos sociales, lobotomizando medios de información, desangrando arcas públicas, seccionando nervios del poder judicial y entregando el puente de mando del país a una pandilla de estafadores. Un verdadero suicidio colectivo.

En este lastimoso panorama, la moción de censura planteada por Unidos Podemos es algo así como una tirita aplicada a una gangrena o un calcetín agujereado con el que se intentara taponar una vía de aguas fecales. Los escasos apoyos con los que cuenta la formación morada están sujetos a exigencias intempestivas, como el chantaje de los dos diputados de Bildu que canjean su voto a cambio del hipotético derecho a decidir del pueblo vasco. Muy lejos queda el resto de la oposición, con el PSOE empeñado desde hace meses en una lucha fratricida por el poder y los chicos de Ciudadanos aquejados de tortícolis con tanto mirar hacia otro lado. De la promesa electoral de Albert Rivera contra la corrupción no queda ya ni el recuerdo: se ha comido toda la que había en el plato y cada día que pasa le plantan doble ración.

En este punto, y a pesar de su debilidad política, la apuesta de Unidos Podemos contra la corrupción generalizada no tiene otro futuro que la movilización ciudadana: un magro consuelo cuando lo único que mueve la conciencia del país en medio del vendaval de bazofia que nos azota son los partidos del fútbol, los concursos de cocina y el desastre de Eurovisión. Que un cantamañanas haya quedado el último en ese certamen de canarios flauta resulta una perfecta metáfora del estado del país, pero también un triste recordatorio de nuestras miserias más íntimas. De este modo, aparte de un diagnóstico moral sobre el cinismo de nuestros políticos, la moción de censura también arroja sobre el tapete un dictamen estético y una colonoscopia: nos encanta la mierda.