Nazis en Casablanca

Gracias a mi amigo trasplantado a Alemania, Ramón Aguiló Obrador, me he enterado de que se repitió una escena de la película Casablanca en el local Bierkönig, en la zona del Arenal, en Palma, con alemanes en el papel de franceses, aliados, perdularios y borrachos de la resistencia, y con neonazis en el papel de nazis. Durante una actuación de la cantante y ex actriz porno, Mia Julia, un grupo de botarates irrumpió enarbolando la Reichskriegflagge, alzaron el brazo en alto y empezaron a berrear una consigna inquietante: “¡Forasteros fuera!” Grito de guerra tonto donde los haya que da una idea de hasta qué punto los alemanes han colonizado Mallorca.

El público presente, casi todo él consistente en alemanes más o menos ebrios, los abucheó y les respondió, no con tanta elegancia como cuando Victor Laszlo pedía a la orquesta del café Rick que tocaran La Marsellesa. La respuesta fue primero geográfica”¡Nazis fuera!”, y luego más ontólogica: “¡Todo nazi es un hijo de puta!” Esta reacción instintiva demuestra una vez más que no todos los alemanes de aquella época eran nazis, del mismo modo que no todos los musulmanes de la nuestra son yihadistas. Sin embargo, las generalizaciones ayudan mucho. Sobre todo a no pensar, que es lo más importante en estos casos. A no pensar, por ejemplo, si alguno de los asesinos del ISIS habrá llegado al cuchillo directamente a través de la lectura del Corán, lo cual es una hipótesis tan descabellada como suponer que el concepto del Holocausto estaba prefigurado en una ópera de Wagner.

Casablanca es una película tan llena de malentendidos, desde el primer día de rodaje, que cada vez que la veo, acabo viendo otra película. Las nueve primeras veces que la vi, me identifiqué con Rick, el tabernero de nacionalidad borracho que ve cómo una noche se abre la puerta de su café y entra un fantasma de su pasado con la cara de Ingrid Bergman. Es difícil acumular más tópicos y banalidades en ese adulterio, desde el marido al que creía muerto a la carta que se deshilacha bajo la lluvia, pero funciona precisamente por eso, porque casi todos hemos sido o intentado ser Rick leyendo una despedida en una estación de tren parisina mientras el cielo llora por ti y las lágrimas te empapan el alma.

Después, las siguientes doce o trece veces, elegí la versión del capitán Renault, aquel gendarme colaboracionista que se guarda las fichas del casino en el quepis y que no se asusta cuando le apuntan con un arma al pecho porque el corazón es su punto menos sensible. Renault disfraza su homosexualidad latente (“Rick es un hombre de quien si yo fuera mujer me enamoraría”) con un cinismo de orfebrería que, en realidad, oculta su verdadera pasión: él quisiera ser Rick o el capitán Laszlo, o incluso el señor Ferrari, cualquiera excepto él mismo.

Al final, en las últimas ocasiones que la he visto, me he conformado con ser Sam, sentado al piano, o el señor Ugarte, que dice la frase más hermosa y menos repetida de la película (“Tengo algo que tú nunca has visto: salvoconductos”), que descubrí gracias al poemario de Alvaro Muñoz Robledano, Salvoconductos. Sí, todos hemos sido el reparto de Casablanca alguna vez, aunque difícilmente la vida nos dará la oportunidad de cantar la Marsellesa en público y rara vez nos dejará escapar con Elsa. No estará de más recordar que, en aquella guerra no tan lejana, eran los moros quienes daban refugio a los europeos. Sam o Ugarte tampoco están tan mal. Con no llevar jamás el uniforme nazi me conformo.