Crónica de una derrota anunciada

En una secuencia de la película The Warriors (titulada en España Los amos de la noche), Cyrus, el líder de una banda de gamberros juveniles, les dice a las pandillas que saquen los dedos y tiren de aritmética. “¿Sabéis contar? Yo os digo que el futuro es nuestro si sabéis contar”. Hay sesenta mil pandilleros entre todas las bandas neoyorquinas contra veinte mil efectivos de la policía. La cosa está clara, tanto como la distribución de fuerzas en el hemiciclo ante la moción de censura de Unidos Podemos. Quizá sea algo exagerado comparar al PP con una pandilla de delincuentes y maleantes, sobre todo para los delincuentes y maleantes, ya que en varias de las tramas de corrupción en trámite judicial los magistrados han preferido el término, más exacto, de “organización criminal”.

Es precisamente el término que emplearon los dos parlamentarios que se lanzaron a la yugular del partido en el gobierno, Irene Montero y Pablo Iglesias, aunque hay que decir que Irene lo hizo primero y lo hizo mejor. Su discurso fue una obra de demolición excesivamente prolija y detallista, con nombres y apellidos, por eso la única respuesta que obtuvo fueron los balbuceos presidenciales de rigor (mortis) y unos cuantos tuits de diputadas del PP que oscilaban entre el clasismo bien entendido y el machismo soez. Es un montón de mierda inmenso, como el del dinosaurio de Parque Jurásico, que incluye robos, amenazas, chantajes y toda la retórica habitual de la mafia. Tan gordo es el montón que ya no se sabe si es mejor saltarlo o rodearlo. Algunos diputados del PP no sabían dónde meterse sin comprender que ya estaban metidos en el montón. Méndez de Vigo decidió hacer honor a su cargo y se escondió detrás de un libro, concretamente un homenaje de jóvenes poetas a Miguel Hernández, curiosa paradoja, aunque también guardaba en la cartera un estudio sobre el trasfondo jurídico del Quijote. Vista cómo está la justicia en España, no puede ser más actual.

Quijotescos fueron también los empeños de los parlamentarios podemitas al asalto no de los cielos sino del techo de la cámara de representantes. Mariano, un molino convertido en gigante, podía haber respondido igual que Cyrus: “¿Sabéis contar?” La apabullante mayoría parlamentaria y la indiferencia de los grupos que podían desnivelar la balanza iban a hacer el resto. Por mucho que Sánchez y Rivera gritaran en sus eslóganes electorales que la principal urgencia democrática era echar a los corruptos de las instituciones, ya se está viendo que no. Lo urgente era conseguir un sillón. Y por mucha complicidad y mucho guiño de ojo con que les tentaba Pablo desde la tribuna, la cosa no iba a cambiar. Parapetado en su escaño, Mariano bostezaba porque el bostezo es su forma de vida, ese “y a mí qué me cuenta que yo no sepa” en el que se ha instalado desde que llegó al poder.

El problema de llevar la calle a las instituciones es que las instituciones no son la calle. Los políticos juegan a otro juego cuando no hay votos por medio, sino que están todos a buen recaudo en el morral. La estrategia de Unidos Podemos era demostrar, por un lado, la incuria esencial del resto de la oposición, a la cual le importa un higo si hay más peperos honrados que corruptos; y por otro, su propia impotencia. Ni pueden ni están unidos, ni siquiera tienen una estrategia común en los diferentes proyectos por los que anda esparcida la formación. De Ciudadanos no esperábamos menos ni más. El PSOE, no sabe, no contesta.

Un debate tan largo y tan exhaustivo al menos sirvió para que Mariano se retratase una vez más como el genio insustituible de la oratoria cómica, el Cantinflas de la política nacional. “No sé si piensan antes de hablar o hablan después de pensar”, dijo, regresando a su estado habitual de molino, y con toda seguridad no se refería a sí mismo. Después se atrevió con una cita más intelectual: “Como decía Galileo, el movimiento siempre se acelera cuando se va a detener”. Aquí lo más probable es que estuviera recordando los mejores regates de Cristiano, a quien poco antes la Fiscalía acababa de denunciar por defraudar más de catorce millones de euros. Hay que reconocer que mejor momento para imputarlo no lo iban a encontrar.