El consejero decimonónico de Cifuentes

Últimamente el calor ocupa el centro de las conversaciones porque ya ha ocupado todas las demás perspectivas, el norte y el sur, el este y el oeste, el arriba y el abajo, la derecha y la izquierda. Los meteorólogos intentan animarnos cada día denominando “ola de calor” a lo que antes llamábamos “verano”, sólo que este año tienen razón: aún es primavera, llevamos cociéndonos una semana y la ola de calor no tiene visos de acabar. Es un sintagma muy bien pensado ya que el término “ola” intenta consolarnos mediante dos connotaciones: la playera y la temporal. Mejor sería denominarlo “maremoto” o “era geológica” porque la ola, en realidad, es un puto asador de pollos y tarda como dos meses en freírnos vivos. Para cuando haya pasado, ya habrá un montón de muertos.

Suena a broma, pero no lo es. En los países civilizados las autoridades suelen enfrentar estas canículas criminales con el rango que merecen: el de una emergencia sanitaria. A finales de agosto de 2003 el ministro de Sanidad francés, Jean Francois Mattei reconoció que las altas temperaturas veraniegas habían causado más de once mil víctimas. Ese mismo año, el Instituto Nacional de Estadística reveló que en España los fallecimientos debidos a la ola de calor superaban netamente a los de nuestro vecino del norte, casi trece mil personas, pero el gobierno de José María Aznar, con la incombustible Ana Pastor al frente del ministerio de Sanidad, cifró las bajas únicamente en 141. Es la forma más eficaz de plantar cara a una catástrofe: con un chiste.

En España tenemos una larga tradición, de Felipe IV a Zapatero, de Fernando VII a Mariano, y hay un montón de validos, virreyes, esperanzas y ministros del Monólogo Interior en medio. Para continuar con los chistes, Cristina Cifuentes mantiene desde hace tiempo en el cargo de consejero de Sanidad a Jesús Sánchez Martos, un auténtico especialista en hacer el chorra. Ayer le preguntaron por el peligro que supone la ola de calor en las aulas de la Comunidad y su respuesta fue que los niños hagan abanicos de papel: “Es una terapia ocupacional muy importante para los niños, haciéndolo como lo hacíamos cuando éramos pequeños, dobla, dobla, dobla y ya tienes el abanico”. Una doblez más y ya tienes el consejero, un partidario acérrimo de los métodos tradicionales, que prefiere que se ventilen las clases y que haya botellas de agua fresca a mano en vez de instalar aparatos de aire acondicionado. Es una medida similar, por su innovación, a las clases de toreo impartidas a los suboficiales en una academia de la Guardia Civil en Baeza. Capotes y abanicos, tecnología española a más no poder.

El aire acondicionado, ya se sabe, es un invento del demonio: seguro que en su despacho y en todas las oficinas de la Comunidad de Madrid, los altos cargos tienen secretarias que los abanican. En su feudo particular, el consejero es célebre por su celeridad higiénica al cortar cabezas. En lo que llevamos de legislatura, cuatro directores generales han salido centrifugados tras entrar en su órbita; una de ellas, Yolanda Fuentes, por organizar las ruedas de prensa fuera de La Paz durante la crisis del ébola en vez de hacerlas dentro, como quería él. Una enfermera, María Goretti, lanzó una alarma sobre la falta de vacunas en el centro de salud San Blas de Parla y al día siguiente estaba en la calle. Sánchez Martos tiene el título, pero su experiencia clínica resulta más bien escasa. Aunque su mal carácter recuerda al doctor House, sus actuaciones encajan más con las de Patch Adams, aquel médico con nariz de payaso que interpretó el difunto Robin Williams. Si las temperaturas llegan a la alarma roja, probablemente aconseje el botijo.