Aquí huele a Villarejo

José Manuel Villarejo, el inefable agente encubierto que está metido en todos los ajos y las ollas podridas del país, asomó la cabeza anoche de las alcantarillas estatales donde se desarrolla su labor para atender una amable entrevista en televisión. Apareció y desapareció, igual que el monstruo del lago Ness, y no hubo tiempo ni de tomarle la matrícula. En la Sexta anunciaron la entrevista como si se tratara de un capítulo perdido del Apocalipsis, y al final, como ocurre casi siempre con Jordi Évole, editaron el cuento de la lechera. Iban a cazar un cachalote y se encontraron con una anguila, escurridiza, serpenteante, descarada, inapresable. El formato, el mobiliario y la decoración pretendían dar un tono de falsa sala policial, como si fuéramos a ver un interrogatorio magistral a Hannibal Lecter. A los dos minutos estábamos viendo a Gru con barba, gafas y gorra, mi Villarejo favorito.

Desde el primer momento, la entrevista tomó el aspecto de un tiroteo a cámara lenta al estilo de Matrix: Évole disparaba, la pregunta salía girando a dos fotogramas por segundo y Villarejo la esquivaba con precisión de gimnasta. Por momentos se le veía masticar, abriendo mucho la boca, y era que se estaba comiendo la bala. Los tiros no le rozaban ni la gorra, quizá porque hacía falta mucha más munición de la que había en la recámara. Villarejo ni siquiera se esforzaba mucho, daba la impresión de un púgil retirado que estaba jugando con un sparring, intentando no hacerle daño. Se limitaba al juego de pies, a defenderse a base de “Me lo dijo él…”, “Me lo contó alguien…”, un verdadero alarde de estilo indirecto libre. Cuando Évole le preguntó si tenía pruebas del incidente que implicaba al general Félix Sanz Roldán, director del CNI, y a Corina en Botsuana, replicó tranquilamente que sí, que se lo había contado ella.

El problema es que Évole y su equipo parecían no haber estudiado a fondo la documentación del caso, la larga serie de exclusivas reveladas gracias a Público y a la labor de investigación de Patricia López y de Carlos Enrique Bayo. Ni siquiera los citó una sola vez, y le hubiera venido bien, ya que en esas exclusivas hay grabaciones de sobra para desmontar sus mentiras una detrás de otra. Era un Salvados DeLuxe, como si en lugar de a la mano negra que anda detrás de docenas de escándalos que incluyen apuñalamientos, chantajes de alto nivel y escuchas ilegales, estuvieramos viendo una entrevista a Kiko Rivera.

No era la primera vez que Villarejo se pone tras las cámaras: la primera vez, que se sepa, fue disfrazado de Frankenstein en la película de Martes y 13 Aquí huele a muerto… pues yo no he sido. Cuando le pidió un papel en la película, especificó que le gustaría hacer de malo y el director, Alvaro Saénz de Heredia, le preguntó si se atrevería a interpretar a Frankenstein. No tenía muchas líneas de diálogo, sólo aparecía rugiendo y agitando unas cadenas. La metáfora es insuperable. Hace 27 años de la película, pero Villarejo todavía sigue jugando a dar miedo.