El bolo de los ex presidentes

Siempre que llega el verano, no falta la vieja banda de rock que decide aparcar los achaques y salir de gira para sacar unas perrillas. Leemos la noticia con nostalgia, a veces con simpatía, otras con estupor, como si fuese un telegrama amarillento de nuestra propia juventud. Pero ¿todavía se leen telegramas? Pero esos tipos ¿siguen vivos? Creíamos que estaban muertos y enterrados, aunque el concierto tampoco nos saca de dudas. Con esa misma incertidumbre, Sylvester Stallone ha amasado la penúltima franquicia de su carrera, reuniendo un montón de antiguallas del cine de mamporros e intentando que no se le desmonten ni caigan en coma entre hostia y hostia.

The Expendables, que así se denomina el engendro, tiene dos títulos en español, Los indestructibles y Los mercenarios; ambos sirven a la perfección para la cumbre que reunió a los tres ex presidentes vivos de la democracia española, una cumbre que más bien parecía una fosa común. Los tres fueron enemigos acérrimos en su juventud, cuando se enfrentaban en las urnas o en el parlamento, pero el tiempo ha ido limando las diferencias hasta dejarlos prácticamente intercambiables. En realidad, si uno repasa en detalle la trayectoria de este trío de artistas, se da cuenta de que las diferencias venían impuestas por el guión de la película y que lo único que contaba era el final feliz, cuando consiguen el sillón. Umbral dijo una vez que un académico es un señor que se convierte en sillón; puede decirse que un ex presidente es un sillón que da la chapa.

Felipe prefiere la denominación clásica de “jarrón chino”, aunque en su caso sería más bien japonés. La ventaja de convertirse en sillón es que por mucho que se rompa o se desgaste, siempre puedes tapizarlo: cada uno está parcheado con sobras del anterior. De momento la gira de los sillones parlantes ha contado con un único bolo y se ha circunscrito a un solo tema, la independencia catalana. Era lógico que, mientras que Felipe tocaba la guitarra y Jose Luis agitaba las maracas, Jose Mari llevase la voz cantante, ya que uno de sus grandes números en aquellos ocho años en que copó las listas de pelotazos fue “España se rompe”, una canción que desbancó a “Váyase, señor González” y a “Mire usté”, y que acabó sustituida por el hit internacional “Armas de destrucción masiva” junto a Los Panchos de las Azores. Jose Mari estaba en su salsa, desmelenado, y no le faltó más que salir a rapear, pero Felipe se esforzó en darle la réplica y cantó un tema nuevo, “Incitación a la sedición”, que suena fenomenal como título de un álbum de punk hispánico. Jose Luis andaba bastante perdido el hombre, quizá porque no recordaba bien la letra de su gran éxito, “El Estatut”.

A mitad del concierto, el público, loco de emoción, ya había sacado los mecheros, reclamando uno de los himnos del trío, “Venezuela, Venezuela”, que interpretan siempre que pueden no sólo porque les interesan mucho los derechos humanos sino porque Arabia Saudí, Birmania, Mauritania o Camerún no tienen rimas tan fáciles. Venezuela, en cambio, rima perfectamente con francachela, con triquiñuela, con mortadela, con sanguijuela, con duermevela, con cantinela, con zarzuela, con telenovela y con Gas Natural. Cada vez se hace más difícil distinguir quién es quién no ya porque cantan lo mismo sino porque cada uno es el remake del anterior.