La caja B en tiempos de Moisés

En su búsqueda de las raíces del pecado original, la Comisión de Investigación sobre la Presunta Financiación Ilegal del PP podría remontarse hasta los tiempos bíblicos y pedir la prueba del carbono-14 para comprobar las facturas del Arca de Noé y del Templo de Salomón. De momento, se han conformado con llamar a declarar a Rosendo Naseiro, de 82 años, uno de los tesoreros prehistóricos de la formación, que estaba a cargo de la contabilidad cuando Manuel Fraga aún no se había extinguido. Si décadas después uno de sus sucesores, Luis Bárcenas, usaba una libreta y un lápiz, no sería de extrañar que Naseiro llevase las cuentas mediante números romanos en pergaminos, en papiros o en tablillas de cera.

El caso Naseiro fue archivado en su día al declararse ilegales las escuchas con que se recabaron pruebas. Posteriormente fueron declarados ilegales un par de jueces. Todo esto, claro, dificulta mucho la investigación. Es muy posible que la prueba última de las corruptelas -los Diez Mangamientos- se encuentre inscrita en unas losas al estilo de las que bajó Moisés del Monte Sinaí, y que los expertos no puedan o no sepan meterles mano por miedo a que terminen como los ordenadores de Génova, hechas añicos. En el PP, esta alergia tecnólogica al progreso es visible tanto en su tendencia a escribir la historia a martillazos como en el propio logo del partido, que luce una gaviota carroñera descendiente directa de los dinosaurios. El propio Naseiro ha explicado que el dinero lo controlaban “unas señoras militantes del partido y luego se metía en una cuenta”. Como se ve, el PP funcionaba igual que el Domund, que las reuniones caseras de tupperware o que aquella eficaz campaña de Avón llama a tu puerta. “Se pedían donaciones a toda España” asegura Naseiro”. Era una técnica muy semejante a la de que aquel número de los Monty Python en el que un vendedor de enciclopedias, para que la señora lo dejase entrar en casa, se hacía pasar por un ladrón a domicilio.

Naseiro dice que no se acuerda de muchos detalles pero de lo que está seguro cien por cien es de que él la caja B no la ha visto jamás por ningún sitio. Por cuestiones de edad, Naseiro tiene muchos más motivos para el alzheimer selectivo que Zaplana, Mato, González, Mayor Oreja, Rato, Matas o cualquiera de los cientos de imputados con que la formación conservadora refuerza sus filas. Pero resulta curioso que en el centro exacto de su olvido aparezca la caja B en negativo como la única certeza. Es un agujero negro de la nostalgia muy similar al de aquella frase de Lemmy Kilmister: “El verano de 1973 fue fantástico. No me acuerdo de nada pero nunca lo olvidaré”.

Según sus declaraciones, Naseiro era un tesorero vocacional que guardaba con el dinero una relación fría y distante: “Había gente que iba en mi nombre. Yo no iba con la carterita. Yo como tesorero no cogí nunca dinero de nadie, ni empresario, ni particular”. Tampoco recuerda bien las cuentas en Suiza, ni un sobre entregado a un notario de Alicante en los años noventa, ni una transferencia de novecientos mil euros a la mujer de Bárcenas. De lo que sí se acuerda es que Bárcenas no tenía la menor idea de pintura, con lo cual queda cada vez más claro que todo lo que incumbre al célebre verso suelto de la tesorería del PP está rodeado de una incertidumbre que tira de espaldas. Podría ser que nos hayan dado un cambiazo en la cárcel y que el propio Bárcenas fuese un Bárcenas falso. Seguiremos investigando.