Mariano: el truco final

No todos los días se ve a un presidente del gobierno entrar en la Audiencia Nacional. De hecho, esta mañana, tampoco se lo ha visto ya que Mariano surgió en la sala brotando de la nada, como un espárrago en mitad del campo. No se podía asegurar si se había materializado a través de un ectoplasma o si había descendido desde una nube de humo. Había apuestas sobre si acudiría por la puerta principal o por la puerta de atrás, en coche o a pie, en helicóptero o en submarino, en persona o en plasma. Finalmente, para demostrar que la justicia es igual para todos, el presidente del gobierno tuvo el detalle de acceder a los juzgados por el garaje, en plena exhibición de modestia, sin ruido ni alharacas, como si fuese una bicicleta.

Se le ha comparado con Harry Houdini por su facilidad para escabullirse de baúles verbales y de zafarse de cualquier encerrona, pero lo cierto es que la comparación se queda corta, porque Mariano hace a la vez de Houdini y de su ayudante. Por otra parte la especialidad de Houdini era escapar de los sitios, no entrar en ellos. Nada por aquí, nada por allá y Mariano se materializó ante los jueces del mismo modo que el dinero negro en Génova: nadie sabe cómo. Lo asombroso en esta ocasión es que Mariano salía a la vez que entraba: un portento físico en que daba la impresión, incluso, de haber salido antes de entrar, limpio como la patena. Recordaba aquella frase de mi amigo Jesús Urceloy, quien dice de la lectura de algunos poetas (“poetas Ariel” los llama) que entras blanco y sales blanquísimo. Después de oírlo no cabe duda de su inocencia, y eso que declaraba únicamente en calidad de testigo.

De entrada, y como era de esperar, la sesión fue bastante rara. Para empezar al presidente no lo sentaron en el banquillo, como correspondería a cualquier españolito de a pie, sino en un asiento reservado a los togados, una maniobra orwelliana que demuestra que, en efecto, algunos españoles son más españoles y mucho españoles que otros. Después, la actuación del magistrado, parando en seco los intentos de la acusación por conocer la verdad, recordó aquella famosa escena de ¿Qué me pasa, doctor?, cuando el juez entra, examina la sala guiñando los ojos y masculla por lo bajo al policía: “Mírelos: tienen aspecto de auténticos facinerosos”. Y el policía replica: “Ésos son los espectadores, señoría”.

Después Mariano jugó un rato con los diversos sparrings de la acusación; con algunos se lo veía muy a gusto, se lamía, se relamía, después de soltar algún chiste particularmente gracioso. Con el primero, de quien se mofó varias veces y a quien miraba con cara de haberse zampado un canario, casi hace el número de Robert De Niro en El cabo del miedo: “¿Abogaadooo? ¿Abogaaaadooooo?” Las sesiones maratonianas de entrenamiento jurídico con que se ha preparado la comparecencia estos últimos días han valido la pena: algunas cosas las recuerda perfectamente y otras las desconoce a la perfección. Entre ellas, la gestión económica de su propio partido, aunque tenía una excusa irreprochable: sólo era el secretario general. Ha sido una fabulosa lección de magia jurídica ¿Se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo? Se puede, siempre y cuando sean votantes del PP.