Retrasados por todo lo alto

De vez en cuando, en cuanto se enredan en alguna movida de las suyas, entro en la web de HazteOír para ver cómo va la cosa y echarme unas risas. En efecto, siempre andan metidos en alguna misión anacrónica y completamente pasada de fecha. Por ejemplo, ayer mantenían en cabecera la campaña para salvar a Charlie Gard, cuando el bebé, por desgracia, ya había fallecido siete días atrás. Con todo, una semana es muy poco para el retraso que llevan encima, el cual suele medirse por decenios o por siglos. Su campo de juego habitual es defender a sacerdotes homófobos, mofarse de las minorías sexuales, confundir la libertad de expresión con la propaganda xenófoba y la biología con la Biblia. Vamos, lo típico en la España de la Contrarreforma.

En cualquier otro país, HazteOír estaría prohibida por incitación al odio y al racismo, o simplemente sería vista como una lamentable horda de cavernícolas, del estilo del Ku Klux Klan sólo que sin capirotes y sin vergüenza. Aquí, en cambio, en un país donde adoramos las tradiciones milenarias, se les premia con ayudas económicas, lo mismo que hay subvenciones oficiales para las corridas de toros, las fiestas con maltrato animal o la Fundación Francisco Franco. Esta semana, HazteOír ha vuelto a ser declarada oficialmente entidad de utilidad pública, mientras otras organizaciones, principalmente enfocadas al auxilio de personas desfavorecidas o en riesgo de exclusión social, han perdido ese reconocimiento que implica una serie de beneficios y exenciones fiscales.

La última iniciativa de HazteOír ha resultado también su mejor metáfora. La ocurrencia veraniega de sobrevolar las playas españolas con una avioneta de color naranja ataviada con el logo de la organización y ondeando diversas enseñas homófobas (especialmente una que reza: “Van a por tus hijos”) se ha quedado en tierra por culpa de que el aparato no cumple con diversos requisitos aeronáuticos. Le faltan la matrícula, la bandera, el cono aerodinámico en el eje de la hélice y además toda la tornillería oxidada está al descubierto. Es lógico que Arsuaga y sus muchachos no cayeran en la cuenta de que estaban vulnerando varias leyes, puesto que ellos llevan los tornillos oxidados a la vista las 24 horas del día, como el monstruo de Frankenstein en las viejas películas de Boris Karloff. Al pensar en la avioneta haciendo una pasada sobre la abarrotada playa de Benidorm, cual Stuka intempestivo sobre Dunkerque, no queda más remedio que concluir que HazteOír ha perdido una vez más una magnífica oportunidad de hacer el ridículo por todo lo alto.

Una lástima porque podían haber aprovechado el nombre y el logo de la organización para ayudar a ese paciente sordo que se pasó siete horas en una sala de espera de urgencias, en Almería, sólo porque los responsables del hospital olvidaron su discapacidad y lo llamaron varias veces por megafonía. Conociendo su particular sentido del humor y de la oportunidad, HazteOír todavía está a tiempo de montar una de sus campañas de reclamo durante el próximo milenio.