Turistas go home

Una pareja de turistas, Alexandra y Antonio, ha grabado su nombre en un yacimiento prehispánico en Gran Canaria con gran escándalo de la comunidad científica. Por lo general, en el periodismo la importancia de una noticia es directamente proporcional a la velocidad con que se publica, salvo en el caso de la arqueología, donde va adquiriendo más y más valor según le van cayendo siglos encima. Belloq le enseña esta paradoja a Indiana Jones con ayuda de un reloj barato; le dice que el reloj no vale más que diez dólares en un puesto callejero, pero basta con enterrarlo en la arena y esperar mil años para que ya no tenga precio. Lo mismo ocurre con el corazón atravesado por la flecha, los nombres y la fecha grabados a cuchillo en una roca del almogarén del Bentayga: lo que hoy es únicamente vandalismo, dentro de un milenio podría ser una impagable muestra de que la cultura hispánica era bastante más borrica que la prehispánica y de que a partir del Neolítico empezamos a ir cuesta abajo.

La anécdota también ilustra el modo en que el concepto de turista se ha ido ampliando hasta abarcar a la población autóctona. Alexandra y Antonio son turistas de interior, turistas del siglo XXI que se han ido de visita a la prehistoria para cagarse en ella. Antes, para destrozar un monumento de esa manera, había que invadir primero el país, igual que cuando las tropas napoleónicas se fueron llevando Egipto por parcelas, cuando los ingleses saquearon los templos griegos, asirios y babilónicos o cuando los cristianos plantaron una catedral en medio de la Mezquita de Córdoba. Hoy para ejercer de vándalo ya no hace falta reclutar un ejército o llamar a unos cuantos arquitectos: basta con darse un garbeo por la calle o salir al campo a merendar y dejar una pintada en un pedrolo como si el pedrolo fuese la puerta de un retrete.

Muchos lugareños (en el sentido estrictamente etimológico del término) se sienten amenazados por la presencia de extranjeros en sus ciudades y han decidido movilizarse para demostrar que los únicos que pueden joder sus ciudades son ellos. Es un movimiento centrípeto que vuelve a alertar sobre un viejo terror básico del género humano: el odio al vecino. Se trata, además, del vecino más peligroso que existe, el que viste igual que nosotros, engulle parecido y veranea por los mismos parajes. La turismofobia es una especie de xenofobia con corbata, un clasismo inverso donde lo que da miedo no son los extranjeros que vienen a quedarse sino los que echan un vistazo y se piran. Hay lugareños que odian a la gente que viene en patera y hay lugareños que odian a la gente que viene en avión. Sin embargo, del mismo modo que es más fácil quemar un autobús que conducirlo, parece más fácil echarle la culpa de diversos desastres a la industria del turismo que solucionar unos simples problemas de orden público, civismo y educación. Ignoro cómo será la cosa en Barcelona o en Donosti, pero en Madrid la horda turística ha hecho mucho menos daño que Botella, Aguirre o Gallardón, los cuales han dejado la capital hecha pasto de arqueólogos y su nombre inscrito a cuchillo por los restos.