Un minuto de silencio

A veces un minuto de silencio para expresar el dolor por las víctimas se queda corto, muy corto. A Fernando Clavijo, presidente del gobierno de Canarias, le faltaron muchos, muchísimos minutos de punto en boca tras los sesenta segundos oficiales por el asesinato de una mujer en Santa Cruz de Tenerife. Tendría que haberse callado después del acto, tendría que haberse subido al coche oficial, haberse ido a su casa y, una vez allí, a solas, dar rienda suelta a sus pensamientos íntimos, esto es, que no hay ninguna solución mágica a la lacra de la violencia machista, que es un problema de personas individuales que por muchas circunstancias acaban cometiendo este tipo de crímenes y que no va a haber ningún protocolo que lo impida porque en la intimidad de los hogares y las familias estas cosas ocurren. El feminicidio es como la corrupción en el PP: una interminable sucesión de casos aislados. Los maltratadores, además, tienen las mismas características que los catalanes según Mariano: hacen cosas.

El machismo es una ideología, un substrato de la cultura patriarcal dominante, tan rancio, tan incrustado en nuestra sociedad que ni siquiera nos damos cuenta de su presencia. El machismo está en el aire que respiramos y en el agua que bebemos, nos hace creer que una mujer no merece el mismo sueldo que un hombre, que no tiene los mismos derechos que un hombre, que las mujeres son ciudadanos de segunda categoría, diseñadas únicamente para criar hijos, cocinar y limpiar la casa. El machismo viene avalado por milenios de tradición, por costumbres de mierda, por obras de arte excelsas, por libros religiosos y epopeyas fundacionales.

Según la Biblia, fue Eva quien nos jodió el chollo del Jardín Terrenal, una criatura que estaba construida con una costilla de Adán, una hembra reciclada, hecha con sobras del macho, a la que le dio por escuchar a la serpiente. Desde entonces, las mujeres han estado siempre relegadas a un papel secundario, simples esclavas domésticas que de vez en cuando -Safo, Hipatia de Alejandría, Teresa de Jesús, Mary Shelley, Marie Curie- hacían una excepción y se saltaban la regla. La ideología machista asegura que hay diferencias muy profundas entre el cerebro masculino y el femenino, divergencias que explican por qué no ha habido apenas grandes pintoras, arquitectas, científicas o compositoras con tetas: porque están genéticamente predispuestas a la crianza y a las tareas del hogar.

Es el mismo tipo de falso razonamiento que ilustra la supremacía de la raza blanca, la esclavitud justificada en términos biológicos en lugar de sociales e históricos, la explotación de unos seres humanos en virtud de su color de piel, de su lugar de origen, de su etnia, de su sexo. De hecho, las mujeres son los nuevos negros, los negros de nuestra época, y el feminismo un movimiento de liberación universal, no tanto el opuesto al machismo como su vacuna. Por eso la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano resultó fallida desde la primera línea, porque se dejaron a la mitad de la especie en el tintero: la mujer ni siquiera está incluida en el título. Todos los hombres nacen libres e iguales. Un hombre, un voto, sí, pero un hombre.

De ahí que, cuando en el ámbito doméstico, golpean y asesinan a una mujer, sea en el país que sea, el golpe viene avalado por una inercia milenaria de machismo criminal, certificado por siglos de tradición patriarcal y de porquerías religiosas. De ahí que la violencia de género sólo tenga una dirección, del hombre a la mujer: las circunstancias individuales van en segundo plano. De ahí que, cuando un político la caga en público de manera tan monumental como el presidente canario, con la última víctima todavía caliente, un minuto de silencio no baste.