Donald Trump, fake de sí mismo

La escalada de bravatas entre Donald Trump y Kim Jong-un le está dando una vidilla inesperada al verano. Hace pensar en los mensajes que se habrían tirado a la cabeza Kennedy y Kruschev en la época de la Bahía de Cochinos, o ya puestos, Churchill y Hitler poco antes de la invasión de Polonia. Como en los sesenta todavía no había redes sociales, la crisis de los misiles tuvo que hacerse a base de titulares de periódico y claro, la lentitud en cambiar tipos y tirar rotativas pudo habernos llevado a la hecatombe atómica.

Asusta un poco pensar de cuantos conflictos podíamos habernos librado sólo de haber contado con la invención de twitter. Por ejemplo, en 1925, Grecia y Bulgaria se enzarzaron a tiros sólo porque un soldado griego se puso a perseguir un perro que se le había escapado en la zona fronteriza. Y en 1859, Estados Unidos e Inglaterra se disputaron la soberanía de las islas San Juan por culpa de un cerdo que se equivocó de corral. En la primera guerra murieron más de un centenar de hombres y en la segunda sólo murió el cerdo.

Aun así, la pugna entre Trump y Kim Jong-un resulta más inexplicable todavía, teniendo en cuenta la distancia entre ambos países y sus respectivas áreas de influencia, así como la falta de perros y de cerdos en liza. No se entiende muy bien por qué ambos líderes andan tan cabreados, a no ser que pretendan polemizar sobre quién merece el primer premio en un concurso de peinados insensatos. En megatones puede que no, pero en pelambreras descabelladas resulta bastante complicado dilucidar cuál de los dos hace más el ridículo. En mi barrio hubo disputas ancestrales entre chavales por cuestiones tales como ver quién tiraba más lejos una piedra o quién bailaba más tiempo una peonza, pero el pelo era responsabilidad del peluquero y el peinado de la madre de cada cual. Probablemente, Freud, el complejo de Edipo e incluso el propio Edipo tendrían mucho que decir al respecto. A lo mejor la clave del asunto es que Estados Unidos es un país acostumbrado a cagar en casa de otra gente.

De momento la presión se está descargando vía twitter, que es el reino habitual de Donald Trump, un hombre onomatopéyico al que le bastan 140 caracteres para explicarse, y aun le sobran caracteres. En mi barrio la banda del Chino y la del Minichino mantuvieron desavenencias ideológicas a través de las pintadas en diversas paredes de ladrillos que fueron el antecedente directo del muro de facebook. Las pintadas también servían para que los enamorados proclamasen su amor, para que los solitarios proclamasen su desamor y para que una familia de gitanos le anunciase a otra los motivos de su ausencia: Nos jemos ío ar tomate.

Trump ha lanzado unas amenazas a través de twitter en las que no sólo llega a presumir de tener el mayor arsenal nuclear del planeta, sino que avisa, un poco al estilo del Reich de los mil años, de que Estados Unidos nunca dejará de ser la nación más poderosa del mundo. Kim Jong-un no ha respondido personalmente, ha preferido hacerlo en la cuenta fake de Norcoreano: “Te voy a dejar Washington que va a parecer Desembarco del Rey, payaso”. El problema es que la cuenta fake de Kim Jong-un podría pasar perfectamente por la oficial y que la cuenta auténtica de Donald Trump parece el fake de sí mismo. Tal vez Donald Trump al completo sea una falsificación idéntica al original, pero cualquiera los distingue.