Réplicas de la Guerra de Secesión

En los artículos, discusiones y comentarios sobre la Guerra Civil Española y su interminable posguerra, nunca falta el facha de guardia que se queja sobre lo cansino del tema, la gente que sigue removiendo las fosas de no sé quién, las heridas que deberían estar ya cicatrizadas y todo ese triste apósito de lugares comunes que disfrazan el miedo, la ignorancia o el remordimiento de aquellos que saben que unos crímenes imperdonables continúan impunes. Y lo que es peor: continúan bajo tierra. ¿Cómo se puede olvidar una tumba que nunca fue señalada y perdonar a quienes jamás pidieron perdón?

Hace poco una carta abierta de Frank Cuesta, comentada por cientos de seguidores y detractores, venía a decir que con el franquismo lo mejor es pasar página, un comentario de tal inconsciencia y analfabetismo histórico que inmediatamente recordaba por qué su campo de especialización son los animalitos del Señor y, más concretamente, culebras y serpientes. Hace falta estar ciego para intentar pasar página cuando -torturas, sótanos policiales, cárceles y cunetas aparte- miles de familias destrozadas continúan reclamando en vano a la justicia por el robo de niños a lo largo de la geografía española, un crimen que se prolongó hasta finales de los años ochenta y que ni siquiera ha producido todavía un solo culpable.

No, no hemos superado el trauma de nuestra Guerra Civil, pero el enfrentamiento entre supremacistas blancos y personas decentes en Charlottesville, que culminó con el atropello mortal de tres contramanifestantes, demuestra que los estadounidenses tampoco han superado la suya. Es un consuelo de tontos y un revés en la boca a tantos voceros y mamporreros de la derecha que siempre están poniendo a la gran democracia americana como ejemplo. Una protesta racista ante la retirada de un monumento a la memoria del general Robert E. Lee, el legendario líder militar sudista, ha desembocado en un auténtico pandemónium donde la sangre corre por las calles y la bandera confederada se mezcla con el saludo nazi.

Más allá del racismo, el incidente ha sacado a la luz las tensiones y rencores que continúan ocultos en el tejido de la sociedad estadounidense más de un siglo y medio después de Appomattox, así como la dificultad de cicatrizar heridas cuando esas heridas se han cerrado en falso. De hecho, uno de los principales equívocos sobre la Guerra de Secesión es reducirlo a un conflicto entre esclavistas y abolicionistas, como si Lincoln hubiese aplastado la rebelión de los estados confederados en nombre de los esclavos negros y no de los empresarios e industriales del norte, como si hubiese sido un abanderado de la libertad racial y no un astuto político capaz de aprovechar cualquier bandera en beneficio propio. El historiador afroamericano Lerone Bennett Jr. publicó un estudio demoledor donde recoge los comentarios racistas que Lincoln hacía en la intimidad, el apoyo público que dio a leyes que castigaban a los esclavos o fragmentos de discursos como éste: “No estoy ni he estado nunca a favor de la igualdad social y política de blancos y negros, ni de otorgar el voto a los negros, ni permitirles ocupar cargos públicos o casarse con blancos”. Pero, ¿qué puede hacer un historiador honesto frente a una factoría de mentiras como Hollywood y a un lameculos del sistema tan incansable como Spielberg?

En cambio, el general Lee, que tenía esclavos negros en su familia desde siempre, le envió en 1856 al presidente Franklin Pierce una carta que decía: “Hay pocos, creo yo, en esta época ilustrada, que no reconozcan que la esclavitud como institución es un mal moral y político”. Lo menos que se puede decir de Lee (en palabras de Asimov, “el mayor genio militar que han dado los Estados Unidos y, por desgracia, el mayor genio militar al que se han enfrentado nunca los Estados Unidos”) es que le hubieran asqueado tanto los saludos nazis como los nazarenos subnormales que siguen linchando negros en su nombre.

Ahora bien, creer que la liberación de los esclavos fue el eje en torno al cual se agruparon los estados de la Unión es algo tan estúpido y tan erróneo como creer que la piara de militares golpistas que se alzó en armas en 1936 contra un gobierno legítimo lo hizo en nombre de Dios, la ley y el orden. Sin embargo, la historia la escriben los vencedores, son sus mentiras las que permanecen en el muro del tiempo y sus generales genocidas los que persisten en los callejeros y los suelos de las catedrales. Lo cierto es que la Confederación fue demolida a sangre y fuego, en matanzas de civiles indefensos, ciudades destruidas y operaciones para aterrorizar a la población sureña perfectamente planeadas y ejecutadas. El general Sherman incendió Atlanta y le envió a Lincoln un telegrama con la toma de Savannah como regalo navideño.

Mucho antes de Irak, de Vietnam, de Indonesia, de Nicaragua, de El Salvador, de Chile, de cientos y cientos de masacres, el primer pueblo que sufrió el terror del imperialismo estadounidense fue su propio pueblo: los doce millones de indígenas exterminados en poco más de un siglo y los estados que intentaron desgajarse del sueño de la Unión y que lucharon en vano por su independencia. Si, como señaló Bennett, Lincoln fue no la superación sino la encarnación misma de la tradición xenófoba norteamericana, eso explicaría muchas cosas: desde el asesinato de Martin Luther King a la discriminación racial en hoteles, piscinas y restaurantes; desde el gesto de Rosa Parks a los negros linchados y colgados de los árboles como frutos extraños; desde la obscenidad repulsiva del Ku Klux Klan hasta los tres muertos de este fin de semana en Virginia.