La cultura en los tiempos de Terelu

En España basta abrir un periódico o encender una televisión por cualquier canal para hacer un diagnóstico de la cultura española. Ayer en cambio, con sólo tres noticias, más que un diagnóstico se podía hacer una autopsia: el papel olía a cadáver y la pantalla del ordenador a pescado podrido. Ni una sola universidad española está entre las doscientas primeras del mundo según el ranking de Shangai, noticia alentadora da una idea de la eficacia de los diversos ministerios implicados en este ajoporro, los cuales no sólo siguen empeñados en centrifugar del país a cualquier joven con estudios y/o dos dedos de frente sino empecinados en una batalla a muerte para que no vuelva a brotar ninguno.

Los planes de estudio de las últimas décadas, perfectamente diseñados para la analfabetización general, han conseguido escardar excelentes cosechas de botantes (también se puede escribir con uve), aunque de vez en cuando, de entre las redes oficiales, todavía escapa alguno con suficiente cuajo como para liar el petate. Mientras tanto, a Mariano, el actual presidente y principal representante del país -un hombre rigurosamente desleído- no se lo ha visto jamás en ningún acto cultural, ni en la ópera, ni en el teatro, ni en el cine, no digamos ya con un libro en las manos, al menos hasta que editen uno lo bastante flexible para que pueda doblarse en tres y guardarse debajo del sobaco al estilo del Marca. Lo más parecido a un acto cultural donde ha ido este verano el Hombre Que Camina Deprisa es al Baile de la Peregrina, una gala de caspa organizada en el Liceo Casino de Pontevedra donde las muchachas se presentan en sociedad como en las novelas decimonónicas. No se descarta que, después del baile, Mariano acabe con otro ataque de lumbago.

Ejemplo supremo de la intelectualidad mostrenca y mamarracha producida en las universidades españolas a ritmo de morcillas, el historiador Josep Abad se ha lucido con un informe enviado al Ayuntamiento de Sabadell donde incluye una lista negra de escritores, intelectuales, políticos y hechos históricos hostiles, según él, a la lengua, la cultura y la nación catalana, y modelados según el “modelo pseudocultural franquista”. Entre los escritores se encuentran -atención- Quevedo, Góngora, Tirso de Molina, Calderón, Bécquer, Goya, Espronceda y Antonio Machado, y suponemos que Cervantes no porque hace unos años otra lumbrera catalanista descubrió que el padre del Quijote, en realidad, usaba barretina.

La máquina del tiempo inventada por este audaz historiador le ha permitido montar un equipo de fútbol franquista que no tiene nada que envidiar a aquella selección de filosofía alemana ideada por los Monty Python donde Nietzsche era expulsado por juego sucio. Donde ya no cabe perdón de Dios -ni de Companys- es en la adscripción de Machado (¡y de La Pasionaria!) a la delantera del Caudillo: para catalogar a ambos de franquistas hace falta ser ignorante, lerdo y miope de 50 dioptrías. Don Antonio se alineó desde el primer momento con la República, pronunció un discurso multitudinario ante las Juventudes Socialistas Unificadas en una plaza de Valencia, escribió una elegía terrible tras el asesinato de Lorca y permaneció cerca de un año en la finca de Torre Castañer, en Barcelona. Murió en el exilio, en Colliure, un pequeño pueblecito francés a cuyo cementerio acuden en peregrinación cada año miles de amantes de la poesía de todo el mundo, catalanes incluidos.

En fin con tales eminencias trabajando a tope para las instituciones oficiales, no es de extrañar que el libro de memorias de Terelu Campos haya vendido ya más de trescientos mil ejemplares. Puede que incluso alguien se lo haya leído. Pero ya que he hablado de Machado, prefiero terminar con un monumento auténtico de nuestra Memoria Histórica, de la poca que va quedando: el soneto que don Antonio le dedicó a Líster, jefe de los ejércitos del Ebro:

Tu carta -oh noble corazón en vela,

español indomable, puño fuerte-,

tu carta, heroico Líster, me consuela

de esta, que pesa en mí, carne de muerte.

 

Fragores de tu carta me han llegado

de lucha santa sobre el campo ibero;

también mi corazón ha despertado

entre olores de pólvora y romero.

 

Donde anuncia marina caracola

que llega el Ebro, y en la peña fría

donde brota esa rúbrica española,

 

de monte a mar, esta palabra mía:

“Si mi pluma valiera tu pistola

de capitán, contento moriría”.