Lo fácil que es matar

Michael Corleone decía que si algo nos había enseñado la Historia es que se puede matar a cualquiera. Analógamente, si algo nos han enseñado los últimos atentados terroristas en Europa es que se puede matar con cualquier cosa. De hecho, cuanto más sencillo el procedimiento, más miedo produce el atentado. Por eso las cosas más cercanas a nosotros -un cuchillo, un automóvil- son las que pueden hacer más daño. Los terroristas del World Trade Center cambiaron las reglas del juego cuando estrellaron dos aviones contra sendos rascacielos: una ocurrencia atroz, como la de un niño chocando un par de juguetes. Nadie hasta entonces había pensado que un Boeing cargado de pasajeros pudiera usarse como una catapulta y menos aun contra un rascacielos.

Durante algún tiempo, los expertos en lucha antiterrorista especularon con la posibilidad de atentados semejantes al de Bali, donde un comando armado hasta los dientes con kalashnikov y granadas iba disparando por las calles a cualquiera que se moviera. A los asesinos de las Torres Gemelas les bastaron unas lecciones de vuelo y poco más, pero los herederos de Al Qaeda han simplificado todavía más las herramientas del asesinato. Ahora basta una furgoneta desbocada por una avenida llena de gente: vivimos rodeados literalmente de automóviles y camiones, siempre estaremos intranquilos, como ciclistas en una carretera sin arcén, sin saber si el tipo de ahí al lado es un conductor normal o un yihadista demente. Para organizar un baño de muerte como el de ayer en Barcelona no hace falta más que un carné de conducir y un vehículo apropiado.

De este modo, el gran hallazgo del terrorismo de última generación es haber hecho del panorama habitual de nuestras ciudades un crucigrama letal, un acertijo de sangre. El conductor homicida de Niza estableció una marca de mortalidad que otros han intentado igualar en Londres y en Barcelona. A falta de vehículo, ni siquiera es necesaria un arma de fuego: basta un cuchillo, un simple cuchillo de cocina, y la obtusa y fanática determinación de matar. “Lo que mata no es el fusil” decía el sargento Hartman en La chaqueta metálica, “lo que mata es un corazón de hierro”.

Más aun que los trece muertos y el centenar de heridos, la alarma desatada tras las primeras horas del atentado (la confusión sobre la identidad de los autores, la noticia falsa y rápidamente desmentida del atrincheramiento en un kebab, la posible conexión con una explosión el día anterior, el conductor abatido tras saltase un control policial, el tiroteo en Cambrils con varios terroristas muertos por los Mossos) es el objetivo esencial del Daesh. Antes los terroristas necesitaban ser hechiceros del mal, expertos en armamento, especialistas en explosivos y detonadores, maestros en venenos. Hacían cursillos de entrenamiento militar, aprendían técnicas de combate y tácticas de guerrilla, pero ahora todo eso sobra. En el minimalismo del terror, un criminal al volante puede poner en jaque a un país; por eso hoy día hay que descartar que un atropelllo sea simplemente un atropello.

Lo que no debemos olvidar jamás es que la finalidad última de esta campaña de terror -declarada por sus propios instigadores e ideólogos- es promover una nueva cruzada. Perder de vista a los asesinos en el color de una etnia y el manto de una religión, ver en bloque a los musulmanes, a los inmigrantes magrebíes, como el Enemigo, el Otro, el Monstruo que pretende destruir nuestra civilización y nuestra forma de vida. A este propósito, resulta verdaderamente esperanzador el mensaje que difundió anoche la psicóloga Mertxe Pasamontes desde su cuenta de twitter: “Mi madre estaba a 2 calles de las Ramblas. Un taxista marroquí la ha llevado gratis a casa y le ha dicho que no todos son iguales”.