Kasparov returns

El retorno de Kasparov a la competición oficial es una excelente noticia para los cincuentones, incluso para esos fanáticos del ajedrez que creen que ya no tiene nada que hacer frente a la élite de las 64 casillas. Tampoco nadie daba un duro por George Foreman tras su guadianesca reaparición en la escena de los pesos pesados, a finales de los ochenta y con 38 años encima. Muchos comentaristas señalaron que el gigantón texano regresaba únicamente para recaudar caja, hacer el ridículo y destrozar su legado, pero Foreman les fue cerrando la boca combate a combate, destartalando oponentes a base de collejas. Hasta que se ganó el respeto unánime de los aficionados con una derrota memorable, tras aguantarle los doce asaltos reglamentarios nada menos que a Evander Holyfield. Parecía otro boxeador, calvo, atocinado, montañoso, rechoncho, escudado tras una prácticamente inaccesible guardia francesa, sin apenas juego de piernas y con la misma dinamita de antaño atornillada en los nudillos. Nunca había sido muy rápido pero ahora sus manos parecían atravesar décadas: fue un puñetazo histórico el que vino a cámara lenta desde Kinsasa -con diez centímetros y media vida de recorrido- para estallar en la mandíbula de Michael Moorer y devolverle el cetro de los pesos pesados.

Es cierto que, hasta ahora, los resultados del torneo Rapid & Blitz de Saint Louis -ha quedado octavo entre diez jugadores- no dejan muchas esperanzas de volver a ver en acción al Ogro de Bakú, aunque también lo es que, salvo el campeón mundial, Magnus Carlsen, Kasparov se está enfrentando a toda la vanguardia del ajedrez actual e incluso a viejos conocidos como su feroz adversario por el título mundial, Viswanathan Anand. Tal vez, al igual que Foreman engrosó su perímetro y se atrincheró en una guardia francesa, Kasparov, con 53 años encima, deberá transformarse en otro ajedrecista: de momento la nieve que le cubre la cabeza y las sienes abiertas en praderas hablan del tiempo transcurrido desde aquellos días en que no había quien le tosiera sobre un tablero. Sabe de sobra que los nuevos maestros -Kariakin, Aronian, Caruana, Nakamura- están deseando lanzarse a su cuello para hacerse una zamarra con su piel. “Soy la presa más deseada en la historia del ajedrez” ha dicho, y luego, sin dejar de bromear,: “¡Parece que aumentaré la edad del torneo y bajaré la puntuación media!”

En realidad, a pesar de su aura legendaria, la presa más deseada de la historia del ajedrez nunca será él, sino Bobby Fischer, el estrafalario genio estadounidense que arrebató la hegemonía a los soviéticos, se negó a defender el título, se exilió de la vida pública y reapareció en 1992 como un tiburón en Sveti Stefan, en un match de revancha contra Spassky que se vivió como una pelea de fantasmas. Kasparov lo sabe bien, pues la sombra de aquel Fischer jubilado lo persiguió durante años como una maldición, una perpetuación viviente del viejo principio del ajedrez: la amenaza es peor que la ejecución de la amenaza. Eso a pesar de que venció y defendió su título hasta la extenuación contra un campeón excepcional, rocoso y exasperante, Anatoli Karpov, en la que sin duda fue la lucha más larga y demencial de la historia del deporte.

Fischer ya no está disponible, nunca lo estuvo, y Kasparov se ha ofrecido como víctima propiciatoria a los leones de la manada. Es muy posible que no venza un solo torneo ni que llegue a tambalear siquiera el trono de Carlsen, a quien ya apalizó cuando el noruego era un niño y él todavía el Ogro de Bakú. Pero pensar que pone en juego su prestigio sólo por dinero, teniendo en cuenta el monto de los premios, es bastante ridículo. Kasparov no le teme a nada y ya ha sufrido derrotas espectaculares dentro y fuera de los tableros, en especial en el segundo match ante Deep Blue, donde luchaba como representante de la raza humana contra una máquina, y en los diversos vapuleos contra Putin, donde llegó a pisar la cárcel. Su pugna con el dirigente soviético parece carne de psicoanálisis: huérfano de padre desde que tenía siete años, entrenado para la pelea por su madre desde que era un niño, Kasparov parece perseguir a Putin más allá de las diferencias políticas, como si pretendiera decapitar al rey sobre el tablero.

La prensa ha enloquecido con la noticia de su regreso, como en los tiempos en que cortaban el tráfico en Moscú cuando Karpov y él escenificaban la perestroika en blanco y negro. Nunca olvidaré la última partida en el match de Sevilla, cuando Karpov llevaba ventaja de un punto y Kasparov estaba obligado a ganar con blancas para retener la corona. Un amigo advirtió a su madre, la noche antes del combate decisivo, que en toda la historia del ajedrez sólo hubo dos jugadores capaces de ganar obligados la partida decisiva: “Alekhine, que nunca lo hizo, y Fischer, que nunca necesitó hacerlo”. Esa partida final fue tan agónica y conmovedora que no sólo se emitió íntegra por televisión durante varias horas sino que su conclusión llegó a interrumpir la retransmisión de un partido de fútbol. La simpatía nunca ha sido el fuerte de Kasparov pero nos gustaría que recobrase el cetro mundial jugando contra el tiempo, como si Antonius Block pudiera darle jaque mate a la Muerte.