Fernando Alonso como metáfora

Las discusiones entre los partidarios y detractores de Fernando Alonso siempre acaban por alcanzar un punto de equilibrio sobre el que todo el mundo está de acuerdo: Alonso es el mejor piloto lento de la historia de la Fórmula 1. De eso no cabe la menor duda. No obstante dado que los resultados últimamente no le acompañan, los especialistas en este complejo deporte se esfuerzan en enseñarnos a los neófitos en los misterios del pilotaje cómo no todo consiste en llegar el primero a la meta y en conducir más rápido que los rivales. No, también está la puesta a punto, y aquí el piloto asturiano tampoco tiene competidores: nadie prepara los coches como él, lo que pasa es que los prepara para el año siguiente, cuando ya ha abandonado la escudería.

Con Fernando Alonso ocurre lo mismo que con Paavo Nurmi, aquel mítico maratoniano finlandés: con él no importaba tanto ver cómo ganaba la carrera sino cómo cruzaba la meta. Nadie ha corrido jamás el último kilómetro de la maratón con la elegancia y el poderío de Nurmi, señala William Goldman en su novela Marathon Man, y añade que lo esencial en una maratón es trotar el último kilómetro como si fuese el primero. De forma análoga, puede decirse que nadie ha corrido la última vuelta con el empaque de Alonso en algunos circuitos: como que en el acelerón final parece que todavía estuviera arrancando el coche. A veces hasta da la impresión de que podría adelantarlo Paavo Nurmi.

Se ha hablado mucho, también, de sus quejas extemporáneas y las malas relaciones con su equipo de mecánicos, aunque nada más lejos de la realidad, puesto que ningún otro piloto les da más trabajo. Por ejemplo, en la temporada 2015 abandonó cinco de las siete primeras carreras, evitando que cualquier operario sufriera la amenaza del paro. En algunas carreras con Ferrari y con McLaren-Honda Alonso demostró que se puede ser el mejor piloto de Fórmula 1 y hacer a la vez una campaña de seguridad vial.

Sin embargo, si Alonso despierta tantas pasiones encontradas no es tanto por sus méritos deportivos como por su capacidad para movilizar el imaginario colectivo hispánico. Desde los tiempos de la Armada Invencible de Felipe II, que no envió sus naves a luchar contra los elementos, jamás una derrota había contado con tantas y tan coloridas excusas. Un abandono o una pésima carrera de Alonso jamás es culpa suya sino de la mala suerte, de su compañero de equipo, de los mecánicos, de los ingenieros, de la aerodinámica, de la Federación Internacional del Automóvil, de los neumáticos, del circuito, de la lluvia, de la falta de lluvia, de una maniobra de adelantamiento chunga, de la escudería que toque, del banderín de meta, del champán -que ese día estaba aguado-, de los rivales, que no saben apartarse ante su grandeza o de Paavo Nurmi. Los incondicionales y fanáticos de Alonso se llevan las manos a la cabeza, como la Generación del 98 ante la pérdida de Cuba y Filipinas, y exclaman un verso del Poema del Cid que llevaba siglos esperando al asturiano: “¡Dios, qué buen vasallo si hubiese buen motor!”.